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Las
Siete Puertas del Misterio Divino

Introducción
Las Cartas rosacruces jugaron en su momento el papel de "manual de
iniciación" de los llamados por la Orden Rosacruz de Europa para integrarse
en sus filas. Prueba de ellos es que fueron redactadas en los primeros
idiomas de la Orden: alemán e inglés. Las Cartas rosacruces eran la guía
espiritual básica de todo recién iniciado en el primer grado de los
misterios de la Orden; en ellas se condensaban las nociones fundamentales
que debía comprender, y llevar a la práctica, todo neófito, si quería
ascender con éxito los peldaños de la progresión mística. En definitiva,
puede decirse que el texto instruía en lo arcano a quienes habían sido
escogidos por la pureza de su corazón y su potencia espiritual. Por esta
razón, quizá, el primer y más importante consejo que se da al lector es que
para ser científico es preciso ser previamente virtuoso, es decir, que para
recibir la luz divina en el corazón y comprender los secretos divinos es
condición sine qua non haber penetrado en los dominios del Señor
Todopoderoso. Sin comprender esto con el corazón, no se puede iniciar la
larga y tortuosa andadura de la transmutación del individuo.
Sabiduría
Divina

CARTA
I
No intentes estudiar la más elevada de todas las ciencias si no has decidido
de antemano entrar en el sendero de la virtud, porque aquellos que no son
capaces de sentir la verdad no comprenderán mis palabras. Únicamente
aquellos que entren en el reino de Dios comprenderán los misterios divinos,
y cada uno de ellos aprenderá la verdad y la sabiduría sólo en la medida de
su capacidad para recibir en el corazón la luz divina de la verdad. Para
aquellos cuya vida consiste Únicamente en la mera luz de su inteligencia,
los misterios divinos de la naturaleza no serán comprensibles, porque las
palabras que pronuncia la luz no son oídas por sus almas; únicamente aquel
que abandona su propio yo puede conocer la verdad, porque la verdad sólo es
posible conocerla en la región del bien absoluto.
Todo cuanto existe es producto de la actividad del espíritu. La más elevada
de todas las ciencias es aquella por cuyo medio aprende el hombre a conocer
el lazo de unión entre la inteligencia espiritual y las formas corpóreas.
Entre el espíritu y la materia no existen las líneas de separación marcadas,
pues entre ambos extremos se presentan todas las gradaciones posibles.
Dios es Fuego, emitiendo la Luz más pura. Esta Luz es Vida, y las
gradaciones existentes entre la Luz y las Tinieblas se hallan fuera de la
concepción humana Cuanto más nos aproximamos al centro de la Luz, tanta
mayor es la fuerza que recibimos, y tanto mayor poder y actividad resultan.
El destino del hombre es elevarse hasta aquel centro espiritual de Luz. El
hombre primordial era un hijo de aquella Luz. Permanecía en un estado de
perfección espiritual muchísimo más elevado que en el presente, en que ha
descendido a un estado más material asumiendo una forma corpórea y grosera.
Para ascender de nuevo a su altitud primera, tiene que volver atrás en el
sendero por el cual descendió.
Cada uno de los objetos animados de este mundo obtiene su vida y su
actividad gracias al poder del espíritu; los elementos groseros hállanse
regidos por los más sutiles, y estos a su vez por otros que lo son todavía
más, hasta llegar al poder puramente espiritual y divino, y de este modo,
Dios influye en todo y lo gobierna todo. En el hombre existe un germen de
poder divino, germen que desarrollándose, puede llegar a convertirse en un
árbol del cual cuelguen frutos maravillosos. Pero este germen puede
únicamente desenvolverse gracias a la influencia del calor que radia en
torno del centro flamígero del gran sol espiritual, y en la medida en que
nos aproximamos a la luz, es este calor sentido.
Desde el centro o causa suprema y original, radian continuamente poderes
activos, difundiéndose a través de las formas que su actividad eterna ha
producido, y desde estas formas radian otra vez hacia la causa primera,
dando lugar con esto a una cadena ininterrumpida en donde todo es actividad,
luz y vida. Habiendo el hombre abandonado la radiante esfera de luz, se ha
hecho incapaz de contemplar el pensamiento, la voluntad y la actividad del
Infinito en su unidad, y en la actualidad tan sólo percibe la imagen de Dios
en una multiplicidad de imágenes varias. Así es que él contempla a Dios bajo
un número de aspectos casi infinito, pero el mismo Dios permanece uno. Todas
estas imágenes deben recordarle la exaltada situación que un tiempo ocupó y
a la reconquista de la misma deben tender todos sus esfuerzos. A menos que
se esfuerce en elevarse a mayor altura espiritual, ira sumiéndose cada vez
más profundamente en la sensualidad, y le será entonces mucho más difícil el
volver a su estado primero.
Durante nuestra vida terrestre actual nos encontramos rodeados de peligros,
y para defendernos nuestro poder es bien poco. Nuestros cuerpos materiales
nos mantienen encadenados al reino de lo sensual y un millar de tentaciones
se lanzan sobre nosotros todos los días. De hecho, sin la reacción del
espíritu, la acción del principio animal en el hombre rápidamente lo
arrastraría al cieno de la sensualidad, en donde su humanidad desaparecería
en último resultado. Sin embargo, este contacto con lo sensual es necesario
para el hombre, pues le proporciona la fuerza sin la cual no sería capaz de
elevarse. El poder de la voluntad es el que permite al hombre elevarse, y
aquel en quien la voluntad ha llegado a un tal estado de pureza que es una y
la misma con la voluntad de Dios, puede, incluso durante su vida en la
tierra, llegar a ser tan espiritual que contemple y comprenda en su unidad
al reino de la inteligencia. Un hombre tal puede llevar a cabo cualquier
cosa; porque unido con el Dios universal, todos los poderes de la naturaleza
son sus propios poderes, y en él se manifestarán la armonía y la unidad del
todo. Viviendo en lo eterno, no se halla sujeto a las condiciones de espacio
y de tiempo, porque participa del poder de Dios sobre todos los elementos y
poderes que en los mundos visible e invisible existen, y comparte y goza de
la gloria (conciencia) de lo que es eterno. Diríjanse todos tus esfuerzos a
alimentar la tierna planta de virtud que en tu seno crece. Para facilitar su
desarrollo purifica tu Voluntad y no permitas que las ilusiones de la
sensualidad y del tiempo te tienten y te engañen; y cada uno de los pasos
que des en el sendero que a la vida eterna conduce, te encontrarás con un
aire más puro, con una vida nueva, con una luz más clara, y a medida que
asciendas hacia lo alto aumentará la expansión de tu horizonte mental.
La inteligencia sola no conduce a la sabiduría. El espíritu lo conoce todo,
y sin embargo ningún hombre le conoce. La inteligencia sin Dios enloquece,
empieza a adorarse a sí misma y rechaza la influencia del Espíritu Santo.
¡Ah, cuán poco satisfactoria y engañosa es una tal inteligencia sin
espiritualidad! ¡Cuán pronto perecerá! El espíritu es la causa de todo, ¡y
cuán pronto cesará de brillar la luz de la más brillante de las
inteligencias una vez abandonada por los rayos de vida del sol del espíritu!
Para comprender los secretos de la sabiduría no basta el especular y el
inventar teorías acerca de los mismos. Lo que principalmente se necesita es
sabiduría. Solamente aquel que se conduce sabiamente es en realidad sabio,
aunque no haya recibido jamás la menor instrucción intelectual. Para poder
ver necesitamos tener ojos, y no podemos prescindir de los oídos si queremos
oír. Para poder percibir las cosas del espíritu necesitamos el poder de la
percepción espiritual. Es el espíritu y no la inteligencia quien da la vida
a todas las cosas, desde el ángel planetario hasta el molusco del fondo del
océano. Esta influencia espiritual siempre desciende de arriba abajo, y
nunca asciende de abajo arriba, en otras palabras: siempre radia desde el
centro a la periferia, pero jamás de la periferia al centro. Esto explica
por qué siendo tan sólo la inteligencia del hombre el producto o efecto de
la luz del espíritu que brilla en la materia no puede nunca elevarse por
encima de su propia esfera de la luz, que procede del espíritu. La
inteligencia del hombre será capaz de comprender las verdades espirituales.
Unicamente con la condición de que su conciencia entre en el reino de la luz
espiritual. Esta es una verdad que la gran mayoría de las personas
científicas e ilustradas no querrán comprender. No pueden elevarse a un
estado superior al de las esferas intelectuales creadas por ellas mismas, y
consideran todo lo que se halla fuera de ellas como vaguedades y sueños
ilusorios. Por lo tanto, su comprensión es oscura, en su corazón residen las
pasiones, y no se les permite a ellos el contemplar la luz de la verdad.
Aquel cuyo juicio es determinado por lo que percibe con sus sentidos
extremos no puede realizar las verdades espirituales. Un hombre dominado por
los sentidos se mantiene adherido a su yo individual, el cual es una
ilusión, y naturalmente, odia la verdad, porque el conocimiento de la misma
destruye su personalidad. El instinto natural del yo inferior del hombre le
impulsa a considerarse a sí mismo como un ser aislado, distinto del Dios
universal. El conocimiento de la verdad destruye aquella ilusión, y por lo
tanto, el hombre sensual odia la verdad. El hombre espiritual es un hijo de
la Luz. La regeneración del hombre y su restauración a su primer estado de
perfección, en el cual sobrepasa a todos los demás seres del universo,
depende de la destrucción y remoción de todo cuanto oscurece o vela su
verdadera naturaleza interna. El hombre es, por decirlo así un fuego
concentrado en el interior de una cascara material y grosera. Es su destino
el disolver en este fuego las porciones materiales y groseras (del alma) y
unirse de nuevo con el flamígero centro, del cual es a manera de centella
durante su vida terrestre. Si la conciencia y la actividad del hombre
hállanse continuamente concentradas en las cosas externas, la luz que radia
de la centella divina desde el interior del corazón va debilitándose poco a
poco, y desaparece finalmente. Pero si el fuego interno se cultiva y
alimenta, destruye los elementos groseros, atrae otros principios más
etéreos, hace al hombre más y más espiritual y le concede poderes divinos.
No sólo cambia el estado del alma (la actividad interna), cambia también el
estado receptivo más perfecto para las influencias puras y divinas, y
ennoblece por completo la constitución del hombre hasta que se convierte en
el verdadero Señor de la creación. La Sabiduría Divina o «Teosofía» no
consiste en conocer intelectualmente muchas cosas, en ser sabio en
pensamientos, palabras y acciones. No puede existir ninguna Teosofía
especial ni cristiana. La Sabiduría en absoluto (Sabiduría Divina) no posee
calificaciones. Es el reconocimiento practico de la verdad absoluta, y esta
verdad es sólo UNA.
El
medio práctico para aproximarse a la Luz

CARTA II
Aquel que por medio de la gratificación de los deseos sensuales intenta
llenar el vacío que en su alma existe no lo logrará nunca, ni pueden tampoco
los anhelos que el corazón experimenta hacia la verdad ser satisfechos por
la aplicación de la inteligencia a las cosas externas. El hombre no puede
entrar en el puente de la paz mientras no ha vencido en su interior todo
cuanto es incompatible con su ego divino y con sus aspiraciones.
Para obtener esta victoria debe el hombre tratar de aproximarse a la Luz,
obedeciendo la ley de la Luz. El deseo hacia lo sensual y lo externo debe
cesar en él, tiene que dirigir su visión espiritual hacia la Luz, y tratar
de disipar las nubes que de la misma lo separan. El primer paso, y el
necesario, es el tener conciencia de la existencia del germen divino dentro
de uno mismo, para dirigir el poder de la Voluntad hacia aquel centro, para
llevar una vida interna y para cumplir estrictamente todos los deberes
internos y externos.
Existe una ley oculta, de la cual se ha hecho mención con frecuencia en
escritos ocultos, pero que todavía es comprendida tan sólo por unos pocos,
que dice "Cada una de las cosas de abajo tiene su contrapartida arriba, y
nada existe, absolutamente nada, por insignificante que sea, que no dependa
de algo que le corresponda mucho más elevado; así es que si el inferior
obra, el superior reacciona sobre él". Según esta ley, todo deseo,
pensamiento o aspiración, bueno o malo, es seguido inmediatamente de una
reacción correspondiente que procede de lo alto. Cuanto más pura es la
voluntad del hombre y menos adulterada por deseos egoístas está, tanto más
enérgica será la reacción divina.
En el hombre, el propósito de progresar espiritualmente no depende en manera
alguna de sus propios esfuerzos, al contrario, cuanto menos intente
establecer leyes por sí mismo y cuanto más se somete a la ley universal,
tanto más rápidos serán sus progresos. El hombre no puede en manera alguna
poner su Voluntad en juego en sentido diferente del de la Voluntad universal
de Dios. Si su voluntad no es idéntica a la voluntad divina, se convierte en
una mera perversión de esta última y su efecto se anula. Sólo cuando la
voluntad individual del hombre armoniza por completo y coopera con la
voluntad de Dios, se convierte en poderosa y efectiva.
Además, en todos los tiempos han existido entidades celestiales o
espirituales que han comunicado con el hombre para transmitirle un
conocimiento de verdades espirituales, o para refrescar su memoria cuando
semejantes verdades estaban a punto de olvidarse, y establecer así un fuerte
lazo de unión entre el hombre intelectual y el hombre divino. Los hombres
que son lo suficientemente puros pueden, aun durante esta vida, entrar en
comunicación y conocer a estos mensajeros celestiales, pero pocos son lo
suficientemente puros y espirituales para lograrlo. Como quiera que sea, es
la Voluntad y no la inteligencia, la que debe ser purificada y regenerada, y
por lo tanto la mejor de las instrucciones es inútil si no posee uno la
Voluntad para llevarla a la práctica; y como nadie contra su Voluntad puede
ser salvado, el deseo más íntimo del corazón debe ser el conocer y el
practicar la verdad.
Aquel cuya Voluntad sea así de buena, logrará el saber y la potencia de la
Fe verdadera, sin necesidad de ninguna clase de signos externos o de razones
lógicas para convencerle de la verdad de aquello que él sabe que es cierto;
únicamente el pretendido sabio del mundo pide semejantes pruebas; porque su
corazón hállase lleno de presunción y su voluntad es mala,
y por lo tanto no posee ni conocimiento espiritual ni fe, sin lo cual nada
puede saber más que aquello que viene por medios externos; mientras que
aquellos cuyas mentes son puras y sin duplicidad, con el tiempo adquieren la
conciencia de aquellas verdades en las que instintivamente han creído.
Todas las ciencias culminan en un punto. Aquel que conoce al Uno, lo conoce
todo. Aquel que cree conocer muchas cosas, cree en ilusiones. Cuanto más te
aproximes a este punto (en otras palabras, cuanto más Intima sea tu unión
con Dios) tanto más clara será tu percepción de la verdad. Si a aquel punto
llegas, encontrarás que existen cosas en la naturaleza que trascienden a la
imaginación de nuestros filósofos y acerca de las cuales nuestros sabios no
se atreven ni a soñar.
En Dios esta la vida toda; fuera de Dios no existe vida alguna, y aquello
que parece vivir fuera de Dios es meramente una ilusión. Si deseamos saber
la verdad, debemos contemplarla a la luz de Dios y no a la luz falsa y
engañosa de nuestra especulación intelectual. No existe otro camino para
llegar al conocimiento perfecto de la verdad que la unión con ella misma, y
sin embargo, son bien pocos los que conocen este sendero. De aquellos que
por él transitan, el mundo se burla y ríe; pero este mundo no conoce la
verdad, porque es un mundo de ilusiones lleno de desgraciados, ciegos ante
la luz de la misma.
El aprender a callar y a permanecer tranquilo, el permanecer impasible ante
la risa del necio, ante el desdén del ignorante y en presencia del desprecio
del orgulloso, es la primera señal de que comienza a brillar ya la aurora de
la luz de la sabiduría. Sin embargo, la verdad, en cuanto ha sido plenamente
realizada, es capaz de resistir aun el escrutinio intelectual más sereno y
los ataques de la lógica más potente, sólo las inteligencias de aquellos que
sienten la verdad, pero que todavía no la perciben, son las que pueden ser
trastornadas por la sacudida. Aquellos que conocen y comprenden la verdad,
permanecen firmes como una roca.
Durante tan largo tiempo, como no buscamos más que la gratificación de
nuestros sentidos, o deseamos tan sólo la satisfacción de nuestra
curiosidad, no es la verdad lo que buscamos. Para encontrarla tenemos que
entrar en el reino de Dios, y entonces descenderá la verdad sobre nuestra
inteligencia. No es necesario para lograrlo que torturemos nuestro cuerpo o
que arruinemos nuestros nervios, pero sí es necesario que creamos en ciertas
verdades fundamentales, que son instintivamente percibidas por todos
aquellos en quienes no esta pervertida la inteligencia. Estas verdades
fundamentales son la existencia de un Dios universal (origen de todo bien) y
la posibilidad de la inmortalidad del alma humana. Posee el hombre una
inteligencia razonadora, y por lo tanto tiene el derecho y la facultad de
hacer uso de la misma; lo cual quiere decir que puede emplearla en un
sentido que esté en oposición con la ley del bien, la cual es la Ley del
Amor Divino, la Ley del Orden y de la Armonía. No debe él profanar los dones
que Dios le ha concedido por medio de la naturaleza, debe considerar todas
las cosas como dones divinos, y considerarse él mismo a manera de templo
viviente de Dios, y como un instrumento por medio del cual el divino poder
puede manifestarse.
Un hombre fuera de Dios es cosa inconcebible porque la naturaleza entera,
incluyendo al hombre, es sencillamente una mera manifestación de Dios. Si la
luz penetra en nuestro interior ésta no es obra nuestra, el sol es quien nos
la concede; pero si nos ocultamos del sol, la luz desaparece. Dios es el sol
del espíritu; nuestro deber es permanecer iluminados por sus rayos, gozar de
los mismos y llamar a otros para que entren en la luz. No existe mal alguno
en procurar conocer esta luz intelectualmente si nuestra voluntad hacia ella
se dirige, pero si la voluntad es atraída por una luz falsa a la que tomamos
equivocadamente por el Sol, caemos necesariamente en el error.
Existe una relación definida y exacta entre la causa de todas las cosas y
las cosas que aquella causa ha creado (producido). Puede el hombre, aun en
esta vida, llegar al conocimiento de estas relaciones, aprendiendo a
conocerse a sí mismo. El mundo en el cual vivimos es un mundo de fenómenos
(o sea, de ilusiones), puesto que aquello a lo que se acostumbra calificar
como "real" aparece así únicamente mientras duran ciertas condiciones o
relaciones entre el que percibe y el objeto de su percepción.
Lo que nosotros percibimos no depende tanto de la cualidad de las cosas que
constituyen los objetos de nuestra percepción como de las condiciones de
nuestro propio organismo. Si nuestra organización fuese diferente, cada cosa
se nos presentaría bajo un aspecto diferente también.
Si hemos aprendido a realizar esta verdad por completo y a distinguir entre
lo que es real y lo que es meramente ilusorio, podemos entonces entrar en el
reino de aquella elevada ciencia asistidos por la luz del espíritu divino.
Los misterios de que se ocupa esta ciencia exaltada son los siguientes:
1. El reino interno de la naturaleza.
2. El lazo que une al mundo interno espiritual con las formas corpóreas
externas.
3. Las relaciones existentes entre el hombre y los seres invisibles.
4. Los poderes ocultos en el hombre por medio de los cuales puede obrar
sobre lo interior en la naturaleza.
En esta ciencia se hallan contenidos todos los misterios de la naturaleza.
Si con corazón puro deseas la verdad, la encontrarás; pero si tus
intenciones son egoístas, pon a un lado estas cartas, porque no serás capaz
de comprenderlas, ni en tal caso te reportarán el menor beneficio. Los
misterios de la naturaleza son sagrados, pero no los comprenderá aquel cuya
voluntad es malvada. Pero si el malvado logra descubrir los misterios de la
naturaleza, su luz se convertirá en un fuego consumidor en el interior de su
alma, el cual le destruirá, y cesara de existir.
Verdad
absoluta y relativa

CARTA
III
Toda la ciencia del mundo se funda en que las cosas son actualmente como
parecen ser, y sin embargo, bien poco es lo que se necesita pensar para
comprender lo erróneo de la suposición, puesto que la apariencia de las
cosas no depende meramente de lo que son en la actualidad, sino que además
depende de nuestra propia organización y de la constitución de nuestras
facultades perceptivas. El mayor de los obstáculos que en el camino del
progreso encuentra el estudiante de las ciencias ocultas es el haberse
desarrollado en él la creencia errónea de que las cosas son lo que a él le
parecen ser, y a menos que pueda elevarse por encima de esta superstición y
considerar las cosas, no desde el mero punto de vista relativo de su ego
limitado, sino desde el infinito y el Absoluto, no será capaz de conocer la
verdad absoluta. Antes de que adelantemos más en nuestras instrucciones
respecto al modo práctico de aproximarse a la Luz, será necesario que
imprimas con más energía en tu mente el carácter ilusorio de todos los
fenómenos externos.
Todo cuanto el hombre sensual conoce acerca del mundo externo lo ha
aprendido por medio de las impresiones que llegan a su conciencia a través
de los sentidos. Recibiendo repetida o continuamente semejantes impresiones,
comparándolas unas con otras, y tomando aquello que él cree conocer como
base para especulaciones acerca de cosas que no conoce, puede tomar ciertas
opiniones referentes a cosas que trascienden a su poder de percepción
sensual; pero en cuanto al carácter verdadero o falso de sus opiniones con
respecto a cosas internas o externas puede su opinión ser lo que es
únicamente con respecto a él y con relación a otros seres que se hallan
constituidos lo mismo que él; en cuanto a todos los demás seres cuyas
organizaciones son por completo diferentes de la suya, sus argumentos y
especulaciones lógicas no encuentran aplicación, y pueden existir en el
universo incalculables millones de seres de organización superior o inferior
a la nuestra, pero por completo distinta de ella, para quienes el mundo y
cada una de las cosas aparezcan bajo un aspecto diferente por completo, y
que todo lo vean según una luz enteramente distinta. Semejantes seres, aun
viviendo en el mismo mundo en el que nosotros vivimos, pueden no conocer
nada, en absoluto, de este mundo que es el único concebible para nosotros; y
podemos nosotros no saber nada intelectualmente acerca de su mundo, al
desear de ser este uno e idéntico con el nuestro, en el cual vivimos. Para
poder lanzar una mirada en su mundo necesitamos de la suficiente energía
para arrojar de nosotros todos los errores y preocupaciones heredados y
adquiridos; debemos elevarnos a un nivel superior al del yo que se halla
atado al mundo sensual por un millar de cadenas, y ocupar mentalmente aquel
lugar desde el cual podemos contemplar al mundo bajo un aspecto superior;
debemos morir por decirlo así, lo cual quiere decir vivir inconscientes de
nuestra propia existencia como seres humanos individuales, hasta que podamos
adquirir la conciencia de la vida superior y mirar al mundo desde el plan y
el punto de vista de un dios.
Toda nuestra ciencia moderna es por lo tanto sólo ciencia relativa, lo cual
equivale a decir que todos nuestros sistemas científicos enseñan únicamente
las relaciones que existen entre las cosas externas y mutables y una cosa
tan transitoria e ilusoria como es el ser humano y que no es en realidad más
que una aparición externa originada por una cierta actividad interna, acerca
de la cual nada sabe la ciencia externa. Todos estos conocimientos tan
alabados y encomiados, son, por lo tanto, nada más que conocimientos
superficiales, refiriéndose únicamente a uno, quizá, de los aspectos
infinitos, por medio de los cuales Dios se manifiesta.
La ignorancia ilustrada cree que su manera especial de considerar el mundo
de los fenómenos es la única verdadera, y se agarra desesperadamente a estas
ilusiones, que cree que son las únicas realidades, y a aquellos que realizan
el carácter ilusorio de las mismas, los califica de soñadores; pero durante
tanto tiempo como se mantenga adherida a estas ilusiones, no se elevará por
encima de ellas; continuara siendo una ciencia ilusoria; no será capaz de
realizar el carácter verdadero de la naturaleza, y en vano pedirá una
ciencia semejante que le demuestre a Dios, mientras cierre sus ojos y aparte
de los mismos la luz eterna.
No es, después de todo, en manera alguna, nuestra intención el pedir que la
ciencia moderna se coloque en el plano del Absoluto, porque en este caso
cesaría de ser relativa para las cosas externas, y con respecto a las mismas
se convertiría en inútil. Se ha admitido que los colores no son realidades
existentes por sí mismas, sino que cierto número de ondulaciones de la luz
los originan; pero este hecho no es impedimento, en manera alguna, para la
fabricación de los colores y el empleo útil de los mismos. En cuanto a todas
las demás ciencias externas, pueden presentarse argumentos semejantes, y no
tienen por objeto las afirmaciones anteriores el desanimar los trabajos de
investigación científica puramente externos, sino el instruir a aquellos
para los que no es suficiente un mero conocimiento superficial y externo, y
también el moderar si es posible, la presunción de todos aquellos que creen
saberlo todo, y que, encadenados a sus ilusiones, pierden de vista lo Eterno
y Real, y llegan en su presunción y vanidad ciega hasta el punto de negar su
existencia misma.
Se admitirá que no es el cuerpo externo quien ve, oye, huele, razona y
piensa, sino que es el hombre interno, y para nosotros invisible, quien
desempeña estas funciones por medio de los órganos físicos. No existe razón
para que creamos que este hombre interno cesa de existir cuando el cuerpo
muere; por el contrario, como veremos después, el suponer una cosa semejante
está en contra de la razón. Pero si este hombre interno pierde, gracias a la
muerte del organismo físico, el poder de recibir impresiones sensibles del
mundo externo, si a consecuencia de la perdida del cerebro, pierde también
el poder de pensar cambiarán por completo las relaciones mediante las cuales
permanecía en el mundo, y las condiciones de su existencia serán por
completo distintas de las nuestras; su mundo no será nuestro mundo, aunque
en el sentido absoluto de la palabra ambos mundos son sólo uno. Así es que
en este mismo mundo pueden existir un millón de mundos diferentes, con tal
de que exista un millón de seres cuyas constituciones difieran unas de
otras; en otras palabras, sólo existe una naturaleza, pero puede aparecer
quizá bajo un número infinito de aspectos. A cada uno de los cambios de
nuestra organización, el antiguo mundo se nos presenta según un prisma
distinto; a cada muerte entramos en un mundo nuevo, aunque no es
necesariamente el mundo el que cambia, sino únicamente nuestras relaciones
con el mismo las que varían gracias a tal suceso.
¿Qué es lo que conoce el mundo acerca de la verdad absoluta? ¿Qué es lo que
realmente sabemos? No pueden existir ni sol, ni luna, ni tierra; ni el fuego
ni el aire ni el agua pueden tener existencia real; todas estas cosas
existen con relación a nosotros mismos sólo mientras nos hallamos en un
cierto estado de conciencia durante el cual creemos que existen; en el reino
de los fenómenos la verdad absoluta no existe; ni siquiera en las
matemáticas encontramos la verdad absoluta, puesto que todas las reglas
matemáticas son relativas y se hallan fundadas en ciertas suposiciones
referentes a la magnitud y a la extensión, las cuales en sí mismas no poseen
más que un mero carácter fenoménico. Cámbiense los conceptos fundamentales
sobre los que nuestras matemáticas se apoyan, y el sistema entero necesitará
un cambio completo; lo mismo puede decirse con referencia a nuestros
conceptos de la materia, del movimiento y del espacio. Son estas palabras,
pura y sencillamente, expresiones tan sólo para indicar ciertos conceptos
que acerca de cosas inconcebibles hemos formado nosotros; en otras palabras,
indican ciertos estados de nuestra conciencia.
Si miramos un árbol, una imagen se forma en nuestra mente, lo cual equivale
a decir que entramos en un cierto estado de conciencia que nos pone en
relación con un fenómeno externo acerca de cuya naturaleza real nada
sabemos, pero al cual damos el nombre de árbol. Para un ser organizado de un
modo distinto por completo, puede no ser lo que nosotros llamamos árbol,
sino algo enteramente diferente, quizás transparente y sin solidez material;
de hecho, a un millar de seres, cuyas constituciones difieran unas de otras,
les aparecerá bajo mil aspectos distintos. Podemos nosotros ver en el sol
solamente un globo de fuego pero un ser cuya facultad comprensiva sea
superior podrá ver en lo que nosotros llamamos sol algo que para nosotros es
indescriptible, porque careciendo de las facultades necesarias para
describirlo, no nos es concebible.
El hombre externo guarda una cierta relación con el mundo externo, y sólo
puede conocer del mundo esta relación externa. Algunas personas pueden
objetar que debe contentarse con aquellos conocimientos y no intentar en
manera alguna el profundizar más. Esto, sin embargo, equivale a privarle de
todo progreso ulterior y condenarle a permanecer sumido en el error y en la
ignorancia, porque una ciencia que depende por completo de ilusiones
externas no es más que una ciencia ilusoria. Además, el aspecto externo de
las cosas es la consecuencia de una actividad interior y a menos que el
verdadero carácter de esta actividad interna se conozca, el carácter
verdadero del fenómeno externo no será en realidad comprendido. Además, el
hombre real e interno, que reside en la forma externa, mantiene ciertas
relaciones con la actividad interna del cosmos, las cuales no son menos
estrictas y definidas que las relaciones existentes entre el hombre externo
y la naturaleza externa. Y a menos que el hombre conozca las revelaciones
que le ligan a aquel poder, en otras palabras a Dios, jamás comprenderá su
propia naturaleza divina, y nunca alcanzará el verdadero conocimiento de sí
mismo. El enseñar la verdadera relación que existe entre el hombre y el
infinito todo, y el elevarle a aquel plano de existencia exaltado que debe
ocupar en la naturaleza, es y tiene que ser el único y verdadero objeto de
la religión verdadera y de la verdadera ciencia. El hecho de que un hombre
haya nacido en una cierta casa o en una cierta ciudad no indica en manera
alguna que tenga que permanecer allí durante toda su vida; el hecho de que
un hombre permanezca en una condición física, moral o intelectual inferior
no impone sobre el la necesidad de permanecer siempre en tal estado y que no
pueda hacer ningún esfuerzo para elevarse a mayores alturas.
La ciencia más elevada que es posible que exista es aquella cuyo objetivo es
el más elevado de todos los conocimientos; y no puede existir objeto más
elevado ni más digno de ser conocido que la causa universal de todo bien.
Dios es, por lo tanto, el objeto más elevado de los conocimientos humanos, y
nada podemos saber de El que no sea la manifestación de su actividad en el
interior de nosotros mismos. Obtener el conocimiento del yo equivale a
obtener el conocimiento del principio divino dentro de nosotros mismos; en
otras palabras, un conocimiento de nuestro propio yo, después de que aquel
yo se haya convertido en divino y despertado a la conciencia de su
divinidad. Entonces el yo interno y divino reconocerá, por decirlo así, las
relaciones que existen entre sí y el divino principio en el universo, si es
que podemos hablar de relaciones existentes entre dos cosas que no son dos,
sino que son una misma e idénticas. Para expresarnos con más corrección,
deberíamos decir: el Conocimiento Espiritual de Sí Mismo tiene lugar cuando
Dios reconoce su propia divinidad en el hombre.
Todo poder, pertenezca al cuerpo, al alma, o al principio inteligente en el
hombre, se origina desde el centro, el espíritu. A la actividad espiritual
se debe que el hombre vea, sienta, oiga y perciba con sus sentidos externos.
En la mayor parte de los hombres esta fuerza espiritual e interna ha
despertado sólo la potencia intelectual y hecho entrar en actividad los
sentidos exteriores. Pero existen personas excepcionales en quienes esta
actividad espiritual ha llegado a un grado mucho mayor, y en las cuales se
han desenvuelto las facultades más elevadas o internas de la percepción.
Semejantes personas pueden en estos casos percibir cosas que para las demás
son imperceptibles, y poner en ejercicio poderes que no poseen el resto de
los mortales. Si los llamados sabios se encuentran con un caso práctico
referente a lo anterior, lo consideran como causado por un estado enfermizo
del cuerpo, y lo califican como efecto de una "condición patológica"; puesto
que es un hecho fundado en la experiencia de todos los días que la ciencia
externa y superficial, que nada conoce en absoluto respecto a las leyes
fundamentales de la naturaleza, toma continua y equivocadamente las causas
como efectos y los efectos como causas. Con igual razón y con la misma
lógica, podrían los carneros de un rebaño, si uno de ellos hubiese obtenido
la facultad de hablar como un hombre, decir de este que estaba enfermo, y
ocuparse de su "condición patológica". Así es que la sabiduría aparece como
locura para el loco; al ciego, la luz le resulta tinieblas; la virtud como
vicio al vicioso; la verdad como embuste al falso, y en todo vemos que el
hombre no percibe las cosas tal cual son, sino tal como el las imagina.
Así es que vemos que todo cuanto los hombres acostumbran a llamar bueno o
malo, verdadero o falso, útil o inútil, etc., es, a lo más, relativo en su
sentido. Puede ser así en relación con uno y ser por completo contrario con
respecto a otro, cuyas opiniones, objetivos o aspiraciones son distintos. Es
también una consecuencia necesaria de este estado de cosas, el que siempre
que comienza el lenguaje la confusión empieza, puesto que diferenciándose
siempre en algo las diversas constituciones de los hombres, la manera de
concebir las cosas de cada uno de ellos es siempre distinta de las
concepciones de los otros. Esto que es verdad en lo referente a asuntos
ordinarios, se hace todavía más evidente en cuestiones relacionadas con lo
oculto, acerca de las cuales la mayor parte de los hombres sólo poseen ideas
falsas, y es dudoso si la pronunciación de una sentencia no daría tan sólo
origen a disputas y a interpretaciones falsas. Las únicas verdades que se
hallan fuera del alcance de toda disputa son las verdades absolutas, y estas
no necesitan ser pronunciadas, pues son evidentes por sí mismas; el
expresarlas por medio del lenguaje equivale a decir lo que todo el mundo
sabe y que nadie pone en tela de juicio; el decir por ejemplo, que Dios es
la causa de todo bien, equivale sencillamente a que simbolicemos al origen
desconocido de todo bien con la palabra "Dios".
Toda verdad relativa refiérese únicamente a las personalidades inestables de
los hombres y nadie puede conocer la Verdad en el Absoluto, excepto aquel
que elevándose por encima de la esfera del yo y del fenómeno llega a la
región de lo Real, eterno e inmutable. El hacer esto es en cierto sentido
morir para el mundo; o lo que es lo mismo, desembarazare por completo de la
noción del yo, el cual es tan sólo una ilusión, y llegar a ser uno mismo con
lo universal, en cuyo seno ni el menor sentimiento de separación existe. Si
estás dispuesto a morir así puedes penetrar por la puerta en el santuario de
la ciencia oculta; pero si las ilusiones de los mundos exteriores, y sobre
todo, si la ilusión de tu propia existencia personal te atrae, en vano
buscarás el conocimiento de aquello que existe por sí mismo, y que es por
completo independiente de toda relación con las cosas; que es el eterno
centro del cual todo procede y al cual todo vuelve, que es el centro
flamígero; el Padre, a quien nadie puede acercarse más que el Hijo, la Luz,
la Vida y la Verdad Suprema.
La
Doctrina Secreta

CARTA
IV
El fundamento de la entera Doctrina Secreta, fundamento del cual resulta el
conocimiento de los más profundos misterios del universo, es tan sencillo
que su significación puede comprenderla un niño, pero en razón de su
simplicidad es universalmente desdeñado y no comprendido por aquellos que
anhelan lo complejo y las ilusiones. Ama a Dios sobre todas las cosas y al
prójimo como a ti mismo. Un conocimiento práctico de esta verdad es todo
cuanto se requiere para entrar en el templo en donde puede uno obtener la
sabiduría divina.
No podemos conocer la causa de todo bien a menos que nos aproximemos a ella;
y no podemos aproximarnos a ella, a menos que la amemos y que por nuestro
amor seamos a ella atraídos. No podemos amarla a no ser que la sintamos, y
no podemos sentirla a menos que exista en nosotros mismos. Para amar al
bien, debemos ser nosotros mismos buenos; para amar al bien sobre todas las
cosas, el sentimiento de verdad, el de justicia y el de armonía deben
sobrepasar y absorber a cada uno de los otros sentimientos; debemos cesar de
vivir en la esfera del yo, que es la del mal, y empezar a vivir en el seno
del elemento divino de la humanidad como en un todo; debemos amar aquello
que es divino en la humanidad, tanto como aquello que dentro de nosotros
mismos es divino. Si es alcanzado este estado supremo, en el cual habremos
olvidado por completo nuestros egos, el intelectual y el animal, y en el que
gracias a nuestro amor a Dios nos habremos convertido en uno mismo con Dios,
no existirán entonces secretos ni en los cielos ni en la tierra que sean
inaccesibles para nosotros.
¿Qué es el conocimiento de Dios más que el conocimiento del bien y del mal?
Dios es la causa de todo bien, y el bien es el origen del mal. El mal es la
reacción del bien en el mismo sentido en que las tinieblas son la reacción
de la luz. El fuego divino del cual procede la luz no es causa de la menor
oscuridad, pero la luz que radia del centro flamígero no puede llegar a
manifestarse sin la presencia de las tinieblas, ni, sin la presencia de la
luz, serían las tinieblas conocidas.
Existen por consiguiente, dos principios: el principio del bien y el
principio del mal, brotando ambos de la misma raíz, en la cual no existe,
como quiera que sea, mal alguno; sólo reside en ella el bien absoluto e
inconcebible. Es el hombre un producto de la manifestación del principio del
bien y únicamente en el bien puede encontrar la felicidad, puesto que la
condición que necesita todo ser para ser feliz es el vivir en el elemento al
cual su naturaleza pertenece. Aquellos que han nacido en el bien serán
felices en el bien; aquellos que han nacido para el mal, nada desearán más
que el mal. Aquellos que han nacido en la luz, buscarán la luz, y los que
pertenecen a las tinieblas, sólo buscarán las tinieblas. Siendo el hombre un
hijo de la luz, no será feliz mientras exista en su naturaleza una sombra de
tinieblas. El hombre cuyo principio fundamental es el bien no encontrará la
paz mientras exista en su interior una chispa tan sólo de mal.
El alma del hombre es como un jardín, en el cual existen sembradas un número
casi infinito de semillas diferentes. Estas semillas pueden dar origen a
plantas bellas y saludables o a plantas deformes y nocivas. El fuego del
cual estas plantas reciben el calor necesario para su desarrollo es la
voluntad. Si la voluntad es buena, desarrollará plantas bellas; si es mala,
dará lugar a que crezcan plantas deformes. El principal objeto de la
existencia del hombre en esta tierra es la purificación de la voluntad y el
cultivo de la misma hasta que se convierta en una enérgica potencia
espiritual. El único medio para purificar la voluntad es la acción, y para
lograrlo, todas nuestras acciones tienen que ser buenas, hasta que el obrar
bien se convierta en una mera cuestión de costumbre cuando en la voluntad
cese todo deseo hacia el mal.
¿De qué provecho sería para ti el conocer intelectualmente los misterios de
la Trinidad y el poder hablar sabiamente acerca de los atributos del Logos,
si en el altar de tu corazón no ardiese el fuego del amor divino y si la Luz
del Cristo no brillase en tu templo? Tu inteligencia abandonada por el
espíritu que da la vida se desvanecerá y perecerá, y con ella perecerás tú,
a menos que la llama del amor espiritual arda en tu corazón con la luz de la
conciencia eterna. Si no estás en posesión del amor hacia el bien, más te
vale permanecer sumido en la ignorancia, porque así pecarás ignorantemente y
no serás responsable de tus actos; pero aquellos que la verdad conocen, y
que la desprecian a causa de su mala voluntad, son los que sufrirán, puesto
que cometen un "pecado imperdonable", conscientemente y a sabiendas, el
pecado contra la verdad santa y espiritual. Al verdadero Rosacruz, cuyo
corazón arde con el fuego del amor divino hacia el bien, la luz de éste
iluminará su mente, le inspirará buenos sentimientos y le hará llevar a
efecto buenas acciones. No necesitará de maestro mortal alguno que le enseñe
la verdad, porque se encontrará penetrado por el espíritu de sabiduría, que
será su verdadero Maestro.
Todas las ciencias y artes mundanas son despreciables y pueriles ante la
excelencia de esta sabiduría divina. La posesión de la sabiduría del mundo
no tiene valor permanente; pero la posesión de la sabiduría divina es
imperecedera y eterna. No puede en manera alguna existir la sabiduría divina
sin el amor divino, porque la sabiduría es la unión del saber espiritual con
el amor espiritual, de lo que resulta el poder espiritual. Aquel que no
conoce el amor divino no conoce a Dios, porque Dios es la fuente y el centro
flamígero del amor. Y por esto se ha dicho que, aunque penetremos todos los
misterios, poseamos el entero saber y hagamos obras buenas, si no poseemos
amor divino, no sirve de nada, puesto que únicamente por medio del amor
podemos conquistar la inmortalidad.
¿Qué es el amor? Un poder universal que procede del centro del cual el
Universo ha sido desenvuelto. En los reinos elemental y animal obra a manera
de fuerza ciega de atracción; en el reino vegetal obtiene los rudimentos de
los instintos, que en el reino animal se desarrollan por completo; en el
reino humano se convierte en pasión, la cual si obra en la dirección debida,
hacia su fuente eterna, elevará al hombre hasta un estado divino; pero si es
pervertida, lo conducirá a la destrucción. En el reino espiritual, es decir
en el del hombre regenerado, el amor se transforma en un poder espiritual,
consciente y viviente. Para la mayoría de los hombres de nuestra
civilización actual el amor no es más que un sentimiento, y el amor
verdaderamente divino y poderoso es casi desconocido entre la humanidad.
Aquel sentimiento superficial al que los hombres llaman amor es un elemento
semianimal, débil e impotente; pero, sin embargo, lo suficientemente
poderoso para guiar o extraviar a la humanidad. Podemos elegir entre amar
una cosa o no amarla, pero un amor tan superficial no penetra mas allá de
los estados superficiales del alma del objeto amado. El poseer el amor
divino no depende de la elección, es un don del espíritu que reside en lo
interior, es un producto de nuestra propia evolución espiritual, y
únicamente los que han llegado a aquel estado pueden poseerlo. No es posible
que alguien más que aquel que ha alcanzado este estado de existencia conozca
lo que es este amor espiritual y divino; pero aquel que lo ha obtenido sabe
que es un poder omnipenetrante que, brotando del centro del corazón y
penetrando en el corazón de aquello que se ama, evoca a la vida a los
gérmenes de amor allí contenidos. A este Amor espiritual, llámale, si te
parece mejor, Voluntad espiritual, Vida espiritual, Luz espiritual, pues es
todo esto y mucho más porque todos los poderes espirituales brotan de un
solo centro eterno, y culminan por fin otra vez en un poder, a manera del
vértice de una pirámide de muchos lados. A este punto, a este poder, a este
centro, a esta luz, a esta vida, a este todo se le llama Dios, la causa de
todo bien, aunque la palabra es un mero vocablo sin significación para
aquellos que no están en posesión de ella, y que ni siquiera pueden
concebirla, pues ni sienten ni conocen a Dios en sus propios corazones.
¿Cómo podemos obtener este poder espiritual de amar, de buena voluntad, de
luz y de vida eterna? No podemos amar una cosa a menos que sepamos que es
buena; no podemos conocer si una cosa es buena o mala sin sentirla; no
podemos sentirla a menos que nos aproximemos a ella; no podemos aproximarnos
a una cosa si no la amamos, y giraríamos eternamente en un circulo vicioso
sin acercarnos jamás a la eterna verdad si no fuera por la influencia
continua del Sol Espiritual de Verdad, que al centro del corazón humano
lanza sus rayos, y atrayéndolo instintiva e inconscientemente, transforma el
movimiento circular en movimiento en espiral, arrastrando de este modo,
debido a la "Luz de gracia", a los hombres hacia aquel centro, a pesar y en
contra de sus propias inclinaciones.
Se ha dicho que la inclinación del hombre hacia el mal es más fuerte que la
que experimenta hacia el bien, y esto es indudablemente cierto, puesto que
con el estado presente de la evolución del hombre, sus actividades y
tendencias animales son todavía muy fuertes, mientras que sus principios más
espirituales y elevados no se han desarrollado lo suficiente para poseer la
conciencia de sí mismos y la fuerza consiguiente. Pero mientras las
inclinaciones animales del hombre son mas enérgicas que sus propios poderes
espirituales, la luz eterna y divina que le atrae hacia el centro es mucho
más poderosa, y a menos que el hombre se resista al poder del amor divino,
prefiriendo ser absorbido por el mal, será atraído continua e
inconscientemente hacia el centro de amor. Por lo tanto, el hombre, aunque
hasta cierto punto es víctima indefensa de poderes invisibles, es, sin
embargo, hasta el punto en que hace uso de su razón, un agente libre; pero
hasta que su razón es perfecta no puede ser por completo libre, y su razón
puede únicamente convertirse en perfecta si vibra al unísono y en armonía
con la Razón Divina (universal). El hombre por lo tanto sólo puede llegar a
ser completamente libre obedeciendo la Ley.
Sólo puede existir una Razón Suprema, una Ley Suprema, una Sabiduría
Suprema; en otras palabras UN DIOS, porque la palabra Dios significa el
punto culminante de todos los poderes, tanto espirituales como físicos, que
existen en el Universo; significa el Centro Unico, del cual todas las cosas,
todas las actividades, todos los atributos, facultades, funciones y
principios han procedido, y en el cual todos ellos culminarán por fin. El
hombre sólo puede esperar la realización de su objeto mientras obre siempre
en armonía con la ley universal, puesto que la teoría universalmente
reconocida de la supervivencia de los más aptos, y la verdad absoluta de que
el fuerte es mas fuerte que el débil, son tan ciertas en el reino del
espíritu como en el reino de la mecánica. Una gota de agua no puede por sus
propios esfuerzos discurrir en sentido contrario al de la corriente en la
cual existe, ¿y qué es el hombre, con toda su vanidad y pretensiones de
sabiduría, más que una gota en el océano de la vida universal?
Para poder obedecer la Ley, necesitamos aprender a conocerla; pero ¿en dónde
puede uno esperar aprender la ley pura y la ley adulterada, más que en el
estudio de la naturaleza espiritual y material, o sea en sus aspectos
interno y externo? Sólo existe Un Libro, de cuyo estudio necesita el
ocultista, y en el cual la totalidad de la Doctrina Secreta, con todos los
misterios, que conocen únicamente los Iniciados, se halla contenida. Es un
libro que jamás ha sufrido falsificaciones ni traducciones erróneas; es un
libro que nunca ha sido objeto de fraudes piadosos ni de interpretaciones
absurdas; es un libro que, sin el menor desembolso, cualquiera y en
cualquier lugar puede obtenerlo. Está escrito en un lenguaje que todos
pueden comprender importando bien poco cuál sea su nacionalidad. El título
de este libro es M., que significa: El Macrocosmo y el Microcosmo de la
Naturaleza reunidos en un volumen. El poder leer este libro correctamente
exige poderlo hacer no sólo con el ojo de la inteligencia, sino que es
necesario además leerlo con el ojo del Espíritu. Si sus páginas son
iluminadas solamente por la fría luz de la luna, por la luz del cerebro,
parecerán muertas, y aprenderemos únicamente lo que en su superficie figura
impreso; pero si la luz divina del amor ilumina sus páginas radiando del
centro del corazón, comenzarán a vivir y los siete sellos con que algunos de
sus capítulos están sellados, serán rotos, y levantados unos velos tras
otros, conoceremos los misterios divinos que el Santuario de la Naturaleza
contiene.
Sin esta luz divina del amor es inútil intentar penetrar en las tinieblas en
donde los más profundos misterios permanecen. Aquellos que estudian la
naturaleza con la mera luz externa de los sentidos, nada conocerán de ella
más que su máscara exterior, en vano pedirán que se les enseñen los
misterios que únicamente con la luz del espíritu pueden ser contemplados,
porque la luz del espíritu ha brillado eternamente en las tinieblas, pero
las tinieblas no la comprendieron.
¿En dónde podemos esperar encontrar esta luz del espíritu, mas que en el
interior de nosotros mismos? El hombre nada puede conocer excepto aquello
que ya dentro de sí mismo existe. No puede ver, oír ni percibir cosa alguna
externa; puede únicamente contemplar las imágenes y experimentar las
sensaciones a que den lugar los objetos exteriores en su conciencia. Todo
cuanto pertenece al hombre, excepto su forma externa, es un epítome, una
imagen, una contraparte del universo. El hombre es el Microcosmo de la
naturaleza, y en él se halla contenido, germinalmente o en un estado mas o
menos desarrollado, todo cuanto la naturaleza contiene. En él residen Dios,
Cristo y el Espíritu Santo. En él la Trinidad se halla contenida, así como
los elementos de los reinos mineral, vegetal, animal y espiritual; él
contiene el Cielo, el Infierno y el Purgatorio; todo en él se halla
contenido, porque es la imagen de Dios, y Dios es la causa de cada una de
las cosas que existen, y nada existe que no sea una manifestación de Dios, y
acerca de lo cual pueda dejar de decirse en cierto sentido que sea Dios o la
sustancia de Dios.
La totalidad del universo y todo cuanto el mismo contiene es la
manifestación exterior de aquella Causa o Poder interno, al cual los hombres
llaman "Dios". Para estudiar las manifestaciones externas de aquel poder
tenemos que estudiar las impresiones que producen en el interior de nosotros
mismos. Nada podemos conocer, sea lo que sea, fuera de lo que existe dentro
de nosotros mismos, y por lo tanto, aun el estudio de la naturaleza externa
no es ni puede ser nada más que el estudio del yo, o en otras palabras, el
estudio de las sensaciones internas que causas externas han originado dentro
de nosotros mismos. No puede el hombre positivamente y en manera alguna
conocer nada excepto aquello que ve, siente o percibe en el interior de sí
mismo; todos sus llamados conocimientos acerca de las cosas exteriores son
meras especulaciones y suposiciones o, todo lo más, verdades relativas.
Si no es posible que el hombre conozca nada respecto a las cosas externas,
excepto aquello que ve, siente o percibe dentro de sí mismo, ¿cómo es
posible que pueda saber nada en lo referente a las cosas internas como no
sean sus manifestaciones en su propio interior? Todos aquellos que buscan un
Dios externo, mientras que niegan a Dios en sus corazones, le buscarán en
vano; todos aquellos que adoran a un rey desconocido de la creación,
mientras ahogan al rey recién nacido en la cuna de sus propios corazones,
adoran una mera ilusión. Si deseamos conocer a Dios y obtener la Sabiduría
Divina, tenemos que estudiar la actividad del Divino Principio en el
interior de nuestros corazones, escuchar su voz con el oído de la
inteligencia y leer sus palabras con la luz de su amor divino, porque el
único Dios acerca del cual puede el hombre conocer algo es su propio Dios
personal, uno e idéntico con el Dios del Universo. En otras palabras, es el
Dios universal entrando en relación con el hombre, en el mismo hombre, y
alcanzando personalidad por medio del organismo que llamamos hombre; y así
es como Dios se convierte en hombre, y el hombre se transforma en Dios,
convirtiéndose de este modo el hombre en un Dios, cuando obtiene el
conocimiento perfecto de su propio ego divino, o en otras palabras, cuando
Dios se ha hecho consciente de sí mismo y ha logrado en el hombre el
conocimiento de sí mismo.
No puede, por lo tanto, existir Sabiduría Divina sin el conocimiento del
propio yo Divino de uno mismo, y aquel que ha encontrado su propio ego
divino se ha convertido en sabio. No vayan nuestros especuladores
científicos y teológicos a ser tan presumidos como para figurarse que han
encontrado a su propio y divino ego. Si lo hubiesen encontrado estarían en
posesión de poderes divinos, a los que llaman los hombres "sobrenaturales",
porque han llegado a ser casi desconocidos entre la humanidad. Si los
hombres hubiesen encontrado sus propios egos divinos, no necesitarían ni más
predicadores ni más doctores, ni más libros, ni más instrucciones que su
propio Dios interno; pero la sabiduría de nuestros sabios no es de Dios;
procede de libros y fuentes externas y falibles. Aquel sentimiento del ego
que los hombres experimentan en sí mismos, y al cual llaman su propio yo, no
es el del ego divino, es el de su yo animal o intelectual, en el que su
conciencia se halla concentrada, y en cada hombre existen un gran número de
variedades de estos egos o yoes. Estos perecerán todos, y tienen que
desaparecer antes de que el yo Divino, que es universal y omnipresente,
pueda entrar en existencia en el hombre. Los hombres no conocen a sus
propios yoes, animal y semianimal; de otra manera, su aparición les llenaría
de horror. Los nombres de la ambición principal de muchos hombres, son
envidia o codicia, sibaritismo o dinero, etc. Estos son los poderes o0
dioses que gobiernan a los hombres y a las mujeres, y a los cuales los
hombres se agarran, a los cuales abrazan y acarician, y a los cuales
consideran como sus propios yoes. Estos yoes o egos asumen en cada alma de
hombre una forma que corresponde a su carácter, porque cada carácter
corresponde a una forma o la produce. Pero estos yoes son ilusorios. Carecen
de vida propia, y se alimentan del principio de vida en el hombre; viven
gracias a su voluntad, y perecen con la vida del cuerpo o inmediatamente
después. Lo que en el hombre es inmortal, aquello que ha existido siempre y
que para siempre existirá, es el Espíritu Divino, y sólo aquellos elementos
del hombre que son perfectos y puros, y que se han unido con el espíritu,
continuarán viviendo en él y por medio de él.
Este ego divino no experimenta el sentimiento de separación que domina a
nuestros yoes inferiores, es universal como el espacio, no establece
distinción alguna entre sí mismo y cualquier otro de los seres humanos, se
ve a sí mismo, y se reconoce él mismo en todos los demás seres, vive y
siente en otros, pero no muere con los otros, porque siendo ya perfecto, no
requiere ya mas transformaciones. Este es el Dios o Brahm, a quien
únicamente puede conocer el que se ha convertido en divino, es el Cristo que
jamás puede ser comprendido por el Anticristo, que lleva sobre su frente el
signo de la Bestia, que simboliza el Intelectualismo sin Espiritualidad o la
ciencia sin amor divino. Este Dios puede ser conocido únicamente por medio
del poder de la Fe verdadera, la cual significa sabiduría espiritual, la
cual penetra hasta el centro ardiente de amor que en el propio corazón de
uno existe. Este es el centro de Amor, de Vida y de Luz, el origen de todos
los poderes; en él se hallan contenidos todos los gérmenes y misterios,
fuente de la revelación divina;y si encuentras tú la luz que desde aquel
centro radia, no necesitarás más enseñanzas, pues habrás encontrado la vida
eterna y la verdad absoluta.
El gran error de nuestra época intelectual es el que crean los hombres poder
llegar al conocimiento de la verdad por mera especulación intelectual,
científica, filosófica o teológica y con sólo el raciocinio. Esto es falso
por completo, porque si bien un conocimiento de la teoría oculta debe
preceder a la práctica, sin embargo, si la verdad de una cosa no es
confirmada, experimentada y realizada por medio de la práctica, un mero
conocimiento de la teoría no sirve de nada. ¿De qué le servirá a un hombre
el hablar mucho acerca del amor y el repetir a manera de papagayo lo que ha
oído, si no siente en su corazón el poder divino del amor? ¿De qué le
servirá a uno el hablar sabiamente acerca de la sabiduría mientras no sea él
sabio? Nadie puede llegar a ser un buen artista, músico, soldado u hombre
político con sólo leer libros; el poder no es obtenido por la mera
especulación, sino que requiere práctica. Para conocer el bien, tenemos que
pensar y obrar el bien; para experimentar la sabiduría, tenemos que ser
sabios. Un amor que no encuentra expresión alguna en acciones, no obtiene
fuerza; una caridad que sólo en nuestra imaginación existe, permanecerá
siempre imaginaria, a menos que sea expresada por medio de actos. Siempre
que tiene lugar una acción, una reacción es la consecuencia. Por lo tanto,
la práctica de buenas acciones robustecerá nuestro amor al bien, y en donde
tal amor exista, se manifestará en forma de acciones buenas.
Aquel que obra mal porque no sabe cómo obrar bien es digno de compasión;
pero aquel que sabe cómo obrar bien, y que intelectualmente está convencido
de que debe obrar así y sin embargo obra mal, es digno de condena. Es, por
lo tanto, peligroso para los hombres el recibir instrucción, en lo que a la
vida superior se refiere, durante tan largo tiempo como su voluntad sea
mala, puesto que después de saber distinguir entre el bien y el mal, si a
pesar de esto escogen el sendero del mal, su responsabilidad es todavía
mucho mayor. Estas cartas no hubieran sido jamás escritas si no se hubiese
esperado que al menos algunos de los lectores no se limitaran a comprender
intelectualmente su contenido, sino que entrarían en el camino práctico,
cuya puerta es el conocimiento del yo, que conduce por fin a la unión con
Dios, y cuya consecuencia primera es el reconocimiento del principio de la
Fraternidad Universal de la Humanidad.
Los
Adeptos

CARTA
V
En la contestación a mi carta última, has manifestado la opinión de que el
exponente de espiritualidad (significando intelectualidad y moralidad
combinadas) exigido por nuestro sistema de filosofía es en exceso elevado
para que el hombre pueda alcanzarlo, y dudas tú si alguien ha llegado alguna
vez a él. Permite que te diga que muchos de aquellos a quienes la Iglesia
cristiana llama santos, y otros muchos que no han pertenecido jamás a
aquella Iglesia y a quienes se acostumbra llamar "paganos", han obtenido
aquel estado, y por lo tanto han alcanzado poderes espirituales que les han
permitido llevar a cabo cosas bien extraordinarias, llamadas milagros.
Si examinas la historia de las vidas de los santos, encontrarás en ellas una
gran cantidad de cosas grotescas, fabulosas y falsas, puesto que aquellos
que escriben las leyendas conocen bien poco o nada acerca de las leyes
misteriosas de la naturaleza; ellos han registrado fenómenos que han tenido
lugar, o que por lo menos se cree que han sucedido; pero no pueden ellos
explicar las causas que les han dado origen, y han inventado las
explicaciones que les han parecido más probables o creíbles, según su manera
de pensar. Pero entre todos estos escombros, encontrarás una gran parte de
verdad, lo cual viene a demostrar que aun la misma inteligencia de personas
sin ilustración puede ser iluminada por la sabiduría divina, si aquellas
personas viven pura y santamente. Verás cómo en muchas ocasiones, frailes y
monjas, pobres e ignorantes, y según el mundo, sin instrucción, alcanzaron
una sabiduría tal, siendo consultados por papas y reyes en asuntos
importantes, y cómo muchos de ellos lograron el poder de abandonar sus
cuerpos físicos para visitar lugares distantes en sus cuerpos espirituales,
formados por la sustancia del pensamiento, y llegaron hasta a aparecer en
forma material en puntos remotos. Las ocurrencias de esta especie han sido
tan numerosas que, si leemos sus relaciones, cesarán de parecer
extraordinarias, y será de todo punto innecesario el mencionar estos casos,
puesto que todos ellos son ya bien conocidos. En la Vida de Santa Catalina
de Sena en la de San Francisco Javier y en muchos otros libros encontrarás
la descripción de semejantes incidentes. La historia profana rebosa también
de narraciones referentes a hombres y mujeres extraordinarios, y me limitaré
a recordarte la historia de Juana de Arco, que poseyó dones espirituales, y
la de Jacobo Boheme, el zapatero ignorante, al cual la sabiduría divina
iluminaba.
Dudamos de si puede existir nada más absurdo que el intentar argüir y
disputar acerca de semejantes cosas con un escéptico o materialista que
niega que sean posibles. El intentarlo equivaldría a disputar acerca de la
existencia de la luz con un ciego de nacimiento, ni puede ningún tribunal de
ciegos fallar acerca de si la luz existe o no existe. Sin embargo, ha
existido y todavía existe, y podemos darles a los ciegos una idea de la
misma, pero no podemos probársela científicamente, durante tanto tiempo como
permanezcan ciegos a la razón y a la lógica.
En muchos puntos del mundo han sido las gentes degradadas hasta un punto tal
por la "civilización moderna" que ha llegado a ser para ellos completamente
incomprensible el que una persona pueda verificar acto alguno, sea el que
fuera, excepto con el objeto de ganar dinero, obtener comodidades o por
afición al lujo; el único móvil de su vida es el hacerse ricos, comer,
beber, dormir y volver a comer, y gozar de todo el confort de la vida
externa. Sin embargo, semejantes personas no son felices; viven en un estado
de fiebre y excitación continuas, corriendo siempre tras de sombras que
desaparecen en cuanto se acercan, o que crean deseos más violentos hacia
otras sombras, si son asimiladas y absorbidas.
Pero afortunadamente, existen todavía otros en quienes la centella divina de
espiritualidad no ha sido velada por la humareda del materialismo, y algunos
existen en quienes esta centella se ha convertido en una llama, gracias al
soplo del Espíritu Santo, emitiendo una luz que ilumina sus inteligencias y
que hasta penetra sus cuerpos físicos de un modo tal que aun un observador
superficial puede ver que el carácter de estas personas es extraordinario.
Personas semejantes existen en distintas partes del mundo, y constituyen una
Fraternidad, cuya existencia es conocida sólo por muy pocos, ni es de desear
que cualesquiera detalles acerca de esta Fraternidad sean conocidos
públicamente, puesto que semejantes noticias no harían más que excitar la
envidia y la cólera del ignorante y del malvado y poner en actividad una
fuerza que ningún daño causaría a los Adeptos, pero sí a aquellas voluntades
perversas que contra los Adeptos se levantaran.
Sin embargo, como tú deseas conocer la verdad, no por curiosidad frívola,
sino por el deseo de seguir el camino de la misma, me es permitido darte las
noticias siguientes [1]:
Los Hermanos de quienes hablamos, viven desconocidos para el mundo; la
historia nada sabe acerca de los mismos, y sin embargo, son ellos los más
grandes de entre toda la humanidad. Los monumentos que en honor de los
conquistadores del mundo han sido erigidos se habrán convertido en polvo;
reinos y tronos habrán desaparecido, pero estos elegidos vivirán todavía.
Llegará un tiempo en el que el mundo quedará convencido de la indignidad de
las ilusiones externas, y empezará a estimar sólo aquello que es digno de
ser apreciado; entonces será conocida la existencia de los Hermanos y se
apreciará su sabiduría. Los nombres de los grandes de la tierra están
escritos en el polvo, los nombres de estos Hijos de la Luz inscritos están
en el Templo de la Eternidad. Yo te haré conocer a estos Hermanos, y podrás
tú convertirte en uno de ellos.
Estos Hermanos están iniciados en los misterios de la religión, pero no
vayas a comprenderme mal, ni a suponer que pertenecen ellos a alguna
sociedad secreta exterior, como las que acostumbran a profanar lo que es
sagrado, por la verificación de ceremonias externas, y cuyos miembros se
llaman a si mismos Iniciados. ¡No! Únicamente el espíritu de Dios es quien
puede iniciar al hombre en la Sabiduría Divina e iluminar su inteligencia.
Únicamente el hombre puede guiar al hombre al altar donde arde el fuego
divino, el segundo debe llegar a él por sí mismo; si desea ser iniciado,
debe por sí mismo hacerse digno de obtener dones espirituales, él mismo debe
beber en la fuente, que para todos existe, y de la cual nadie es excluido
más que aquellos que a sí mismos se excluyan.
Mientras los ateos, materialistas y escépticos de nuestra civilización
moderna falsean la palabra "filosofía", con objeto de preconizar como
sabiduría divina las elucubraciones de sus propios cerebros, estos Hermanos
viven tranquilamente bajo la influencia de una luz más elevada, y construyen
un templo para el eterno espíritu, un templo que continuará existiendo
después de que más de un mundo haya perecido. Su trabajo consiste en
cultivar los poderes del alma; ni el torbellino del mundo externo ni sus
ilusiones les afectan; leen las letras vivientes de Dios en el libro
misterioso de la naturaleza; ellos reconocen y gozan de las armonías divinas
del universo. Mientras los sabios del mundo procuran reducir a su propio
nivel intelectual y moral todo lo que es sagrado y exaltado, estos Hermanos
se elevan al plano de la luz divina y encuentran en él todo cuanto en la
naturaleza es bueno, verdadero y bello. Son ellos los que no se limitan a
creer meramente, sino que conocen la verdad por contemplación espiritual o
Fe, y sus obras hállense en armonía con su Fe, porque ellos obran bien por
amor al bien y porque saben qué es el bien.
No creen que pueda un hombre convertirse en un verdadero cristiano por la
mera profesión de una cierta creencia, o por unirse a una Iglesia cristiana
en el sentido literal de la palabra. Convertirse en un verdadero cristiano
significa convertirse en un Cristo, elevarse por encima de la esfera de la
personalidad e incluir y poseer en el seno del yo propio y divino de uno
mismo todo cuanto existe en los cielos o sobre la tierra. Es un estado que
se halla fuera de la concepción de aquel que no lo ha alcanzado; significa
una condición en la cual uno es actual y conscientemente un templo en donde
la Trinidad Divina, con todo su poder, reside. Únicamente en esta luz o
principio al cual nosotros llamamos Cristo, y al cual otras naciones conocen
con otros nombres, podemos encontrar nosotros la verdad. Entra en aquella
luz, y aprenderás a conocer a los Hermanos que en la misma viven. En aquel
santuario residen todos los poderes y los llamados medios sobrenaturales,
por cuyo medio la humanidad puede recibir la energía necesaria para que
quede restablecido el lazo, en la actualidad quebrantado, que en épocas
remotas unía al hombre con la fuente divina de la cual procede. Si los
hombres conociesen tan sólo la dignidad de sus propias almas y las
posibilidades de los poderes que latentes en las mismas permanecen, el deseo
tan sólo de encontrar sus propios egos les llenaría de temor respetuoso.
Sólo existe un Dios, una verdad, una ciencia y un camino para llegar a ella;
a este camino se le da el nombre de religión, y por lo tanto, sólo existe
una religión práctica, aunque existan mil teorías diferentes. Todo cuanto se
necesita para obtener un conocimiento de Dios está contenido en la
naturaleza. Todas cuantas verdades la religión de verdad puede enseñar han
existido desde el principio del mundo y existirán hasta que el mundo
concluya. En todas y cada una de las naciones de este planeta ha brillado
siempre la luz en las tinieblas, a pesar de que las tinieblas no la han
comprendido. En algunos puntos esta luz ha sido muy brillante, en otros
menos, en proporción a la facultad receptiva del pueblo y a la pureza de su
voluntad. Siempre que ha encontrado una receptividad grande ha aparecido con
gran resplandor y ha sido percibida en un estado mayor de concentración
según la capacidad de los hombres para percibirla. La verdad es universal y
no puede ser monopolizada por hombre alguno, ni por ninguna colectividad de
hombres; los misterios más augustos de la religión, tales como la Trinidad,
la caída o diferenciación de la mónada humana, su Redención por amor, etc.,
se encuentran tanto en los antiguos sistemas religiosos como en los
modernos. El conocimiento de los mismos es el conocimiento del universo; en
otras palabras, es la Ciencia Universal, una ciencia que es infinitamente
superior a todas las ciencias materiales del mundo, cada una de las cuales
entra todo lo más en algún detalle ínfimo de la existencia, pero que deja a
las grandes verdades universales, en las que toda existencia se funda, fuera
de consideración, y hasta trata quizá semejantes conocimientos con
desprecio, porque sus ojos están cerrados a la luz del espíritu.
Las cosas externas pueden ser examinadas con la luz externa; las
especulaciones intelectuales requieren la luz de la inteligencia, pero la
luz del espíritu es indispensable para la percepción de las verdades
espirituales, y una luz intelectual sin la iluminación espiritual conducirá
a los hombres al error. Aquellos que deseen conocer verdades espirituales,
deben buscar la luz en el interior de sí mismos, y no esperar que la
obtendrán por ninguna especie de formas o ceremonias externas; únicamente,
cuando dentro de sí mismos hayan encontrado a Cristo, serán dignos del
nombre de cristiano [2].
Esta era la religión práctica, la ciencia y el saber de los sabios antiguos
largo tiempo antes de que la palabra cristianismo fuese conocida; era
también la religión práctica de los primitivos cristianos, que eran gentes
iluminadas espiritualmente y verdaderos seguidores de Cristo. Sólo a medida
que el cristianismo se hizo popular y, por consiguiente, comprendió
erróneamente el sistema de religión, las interpretaciones falsas han
suplantado a las verdaderas doctrinas, y los símbolos sagrados han perdido
su significación verdadera. Organizaciones eclesiásticas y sociedades
secretas se han apropiado las formas y alegorías exteriores; fraudes
eclesiásticos y misticismo han usurpado el trono de la religión y de la
verdad. Los hombres han destronado a Dios, y se han colocado ellos mismos en
el trono. La ciencia de semejantes hombres no es sabiduría; sus experiencias
prácticas hállanse limitadas por sus sensaciones corpóreas; su lógica
hállase fundada en argumentos que son fundamentalmente falsos, jamás han
conocido ellos las relaciones existentes entre el Infinito Espíritu y el
hombre finito; ellos se arrogan poderes divinos, que no poseen, induciendo
así a los hombres a que busquen en ellos la luz, la cual puede únicamente
encontrarse en el interior de uno mismo; ellos engañan al hombre con
esperanzas falsas, y aletargándolo en una falsa seguridad, lo conducen a la
perdición.
Un tal estado de cosas es la consecuencia necesaria del poder exterior que
las modernas iglesias han alcanzado. Demuestra la historia que según una
iglesia ha aumentado en poder externo, ha disminuido su poder interno. Ya no
puede decir por más tiempo: "No poseo ni oro ni plata", y tampoco a los
enfermos "Levántate y anda".
A menos que a los antiguos sistemas se les infunda una nueva vida, su
decadencia es segura. Su disolución es sólo en exceso aparente en el
desarrollo universal de las perniciosas supersticiones del materialismo,
escepticismo y libertinaje. No puede a la religión infundírsele una vida
nueva, dando fuerza al poder externo y autoridad material al clero; debe
serle infundida en su centro mismo. El poder central que da vida a todas las
cosas y que a todas las pone en movimiento, es el Amor, y sólo estando
penetrada por el amor su religión puede ser fuerte y duradera; una religión
fundada en el amor universal de la humanidad contendría los elementos de una
religión universal.
A menos que el principio de amor sea prácticamente reconocido por la Iglesia
no se desarrollará en su seno Cristo alguno, ni adeptos ni guías
espirituales verdaderos, y los poderes espirituales que los clérigos
pretenden poseer existirán tan sólo en su imaginación. Cese el clero de
distintas denominaciones de excitar el espíritu de intolerancia, desista de
invitar al pueblo a la guerra y a la sangre, a disputas y querellas.
Reconozcan que todos los hombres, pertenezcan a la nación que pertenezcan, y
profesen la religión que profesen, tienen un solo origen común, y que un
solo destino colectivo es el que les espera, y que todos ellos son
fundamentalmente uno, diferenciándose meramente en sus condiciones externas.
Entonces, cuando se piense más en el interés de la humanidad que en los
intereses temporales de las iglesias, entonces la verdadera iglesia
recobrará su poder interno; entonces se encontrarán de nuevo en la Iglesia
adeptos, Cristos y santos, otra vez se obtendrán dones espirituales, y
hechos milagrosos se llevarán a cabo, los cuales serán más a propósito para
convencer a la humanidad que todas las especulaciones teológicas acerca de
que más allá del reino sensible de la ilusión material, existe un poder más
elevado, universal y divino, y que, a aquellos que están en posesión del
mismo, además de darles derecho de llamarse a sí mismos divinos, les hace
realmente divinos y les permite llevar a efecto actos divinos.
La verdadera religión consiste en el reconocimiento de Dios, pero Dios no
puede ser reconocido más que por medio de su manifestación, y aunque toda la
naturaleza es una manifestación de Dios, sin embargo, el grado más alto de
esta manifestación es la divinidad en el hambre. El hacer a todos los
hombres divinos es el objetivo final de la religión, y el reconocer a la
Divinidad universal (Cristo) en todos es el medio para lograr aquel fin. El
reconocimiento de Dios significa el reconocimiento del universal principio
de amor divino. Aquel que reconozca plenamente este principio, no meramente
en la teoría sino en la práctica, le serán abiertos sus sentidos internos, y
su mente será iluminada por la Sabiduría Espiritual y Divina. Cuando todos
los hombres hayan llegado a aquel estado, entonces la luz divina del
espirito iluminará al mundo y será reconocida del mismo modo que la luz del
sol es universalmente vista. Entonces el saber sustituirá a la opinión, la
fe a la nueva creencia, y el amor universal dominará en lugar del amor
personal. Entonces serán reconocidas en la naturaleza y en el hombre la
majestad del Dios universal y la armonía de sus leyes. Y en las joyas que
adornan al trono del Eterno, joyas que conocen los Adeptos, se verá
resplandecer la Luz del Espíritu.
NOTAS:
1. La carta original de donde se ha extractado lo que sigue, fue escrita por
Karl von Eckhartshaussen, en Munich, el año 1792.
2. En alemán un Cristo, significa un cristiano, y también uno que es una
encarnación del principio Cristo; ambas palabras son idénticas y ninguna
diferencia se hace entre un cristiano y un Cristo.
Experiencias
Personales

CARTA
VI
Existen
en la naturaleza misterios innumerables que desea el hombre descubrir. La
creencia de que existen ciertas sociedades en posesión de secretos
determinados que podrían, si quisiesen, comunicar a otras personas que no
han llegado al grado de desarrollo espiritual de los que las constituyen es
una creencia errónea. El hombre que cree que el verdadero saber puede ser
obtenido por medio de favores, en lugar de por desarrollo espiritual, cesa
de esforzarse en lograr su propia evolución y se une a sociedades secretas o
a iglesias, esperando con ello obtener algo que no se merece; pero siempre
el final es para él un desencanto.
En el verano de 1787, estando yo sentado en uno de los bancos de los
jardines cercanos al castillo de Burg en Munich, y pensando profundamente
acerca de lo anterior, vi a un extranjero de aspecto digno e imponente, bien
vestido, sin la menor clase de pretensiones, paseándose por una de las
calles del jardín. Algo había en él que atrajo mi atención; quizás fue la
tranquilidad suprema de su alma que se reflejaba en sus ojos. Su cabello era
gris, pero su mirada era tan bondadosa que, cuando pasó por delante de mí,
instintivamente llevé la mano al sombrero, saludándome él también de un modo
muy amable. Me sentí impulsado a seguirle y a hablarle, pero no teniendo la
menor excusa para hacerlo, me contuve, y el extranjero desapareció.
Al día siguiente, y poco más o menos a la misma hora, volví al mismo sitio,
esperando encontrar de nuevo al extranjero. Estaba allí, sentado en un banco
y leyendo un libro; no me atreví a interrumpirle. Paseé durante un rato por
el jardín, y cuando volví el extranjero ya no estaba. Sin embargo, había
dejado encima del banco un libro pequeño, que me apresuré a coger, esperando
poder tener la oportunidad de devolvérselo, y con ello una ocasión para
conocerle. Miré el libro, pero no pude leerlo, pues estaba escrito en
caracteres caldeos. Sólo una breve sentencia, que figuraba en la página del
título, estaba escrita en latín, la cual pude leer, y decía: "Aquel que se
levanta temprano en busca de la sabiduría, no tendrá que ir muy lejos para
encontrarla, porque la encontrará sentada frente a su puerta". Los
caracteres en que estaba impreso el libro eran muy hermosos, de un rojo muy
brillante, y la encuadernación del libro era de un azul magnífico.
El papel era finísimo, blanco, y parecía emitir todos los colores del arco
iris, a manera del nácar. Un olor exquisito penetraba cada una de las hojas
de aquel libro, y tenía también un cierre de oro.
Durante tres días consecutivos fui a aquel lugar a las doce, con la
esperanza de encontrar allí al extranjero, pero fue en vano. Por fin hice la
descripción del personaje a uno de los guardas, y logré saber que se le veía
con frecuencia a las cuatro de la mañana paseando por la orilla del Isar,
cerca de una pequeña cascada, en un sitio llamado Prater. Fui allí al día
siguiente, y quedé sorprendido al verle leer otro libro pequeño parecido al
que yo había encontrado. Me acerqué a él y ofrecí devolverle el libro,
explicándole cómo había llegado a mis manos, pero me rogó que lo aceptase en
su nombre, y que lo considerase como un regalo de un amigo desconocido. Le
dije que no podía leer su contenido, excepto el primer verso de la página
primera, a lo cual contestó que todo cuanto decía el libro se refería a lo
que aquella sentencia expresaba. Entonces le pedí que me explicase el
contenido del libro.
Paseamos un rato por la orilla, y el extranjero me dijo muchas cosas
importantes acerca de las leyes de la naturaleza. Había viajado mucho y
poseía un verdadero tesoro de experiencias.
Cuando el sol comenzó a salir, dijo: "Voy a hacerle ver a usted algo
curioso". Sacó entonces del bolsillo un frasco pequeño y vertió en el agua
unas pocas gotas del líquido que contenía e inmediatamente las aguas del río
comenzaron a brillar con todos los colores del arco iris, hasta una
distancia de más de treinta pies de la orilla. Algunos trabajadores de las
inmediaciones se acercaron y se admiraron del fenómeno. Uno de ellos estaba
enfermo de reumatismo. El extranjero le dio algún dinero y ciertos consejos,
y le dijo que si los seguía, en tres días estaría bueno. El obrero le dio
las gracias; pero el extranjero le contestó: "No me des a mí las gracias,
dalas al poder omnipotente del bien".
Entramos en la ciudad, y el extranjero me dejó, citándome para el día
siguiente, pero sin decirme ni su nombre ni el lugar de su residencia. Le
encontré de nuevo al día siguiente, y supe por él cosas de un género tal que
sobrepasaron por completo todo cuanto podía figurarme. Hablamos acerca de
los misterios de la naturaleza, y siempre que él hablaba de la magnitud y
grandeza de la creación, parecía estar penetrado de un fuego sobrenatural.
Me sentía algo confuso y deprimido ante su sabiduría superior, y me
maravillaba el pensar cómo podía haber adquirido sus conocimientos. El
extranjero leyendo mis pensamientos, dijo
—Veo que no acaba de decidirse usted respecto a la especie de ser humano en
la que clasificarme; pero yo le aseguro a usted que no pertenezco a ninguna
sociedad secreta, aunque los secretos de todas las sociedades semejantes son
bien conocidos por mí. Ahora tengo varias cosas que hacer; pero mañana le
daré más explicaciones.
—¿Tiene V. negocios? —exclamé yo— ¿Desempeña V. algún cargo público?
—Querido amigo —contestó el extranjero—, el que es bueno siempre encuentra
en qué ocuparse, y el hacer el bien es el más alto empleo que puede
desempeñar el hombre y al cual puede aspirar.
Con esto me dejó, y no le vi más durante cuatro días; pero al quinto me
llamó por mi nombre, a las cuatro de la mañana, por la ventana de mi cuarto,
y me invitó a dar un paseo con él. Me levanté, me vestí, y salimos. Me dijo
entonces algunas cosas acerca de su vida pasada, y entre ellas, que cuando
tenía veinticinco años había trabado conocimiento con un extranjero que le
había enseñado muchas cosas y regalado un manuscrito que contenía enseñanzas
notables. Me enseñó este manuscrito, y lo leímos juntos. Lo siguiente
constituyen algunos extractos del mismo.
Nuevas Ruinas descubiertas del Templo de Salomón: "Así como la imagen de un
objeto puede ser vista en el agua, del mismo modo los corazones de los
hombres pueden ser vistos por el sabio; Dios te bendice, hijo mío, y te
permite publicar lo que yo digo, para que con ello las gentes puedan recibir
beneficios".
Filiam Vitis (Hijo de la Vid): "Uno de los Hermanos me ha enseñado el
sendero hacia los misterios de la naturaleza; pero las ilusiones que flotan
a los lados del camino han llamado mi atención durante largo tiempo, y
durante el mismo he permanecido detenido; pero por fin me convencí de la
inutilidad de semejantes ilusiones, y he abierto mi corazón de nuevo a los
cálidos rayos dispensadores de vida del amor divino, del gran sol
espiritual. Entonces es cuando he reconocido la verdad de que la posesión de
la sabiduría divina sobrepasa la posesión de todo lo demás; y que aquello a
lo cual los hombres llaman saber, es nada, y que nada es el hombre a menos
que se convierta en un instrumento de la sabiduría divina. La divina
sabiduría es desconocida para el sabio del mundo; pero algunas personas
existen que la conocen. Océanos existen en el país en el cual viven los
sabios y aquel que constituye la residencia de los hijos del error, y hasta
que los hombres hayan acostumbrado sus ojos a la radiación de la luz divina
no será descubierta la región en la que aquellos viven. En su país es donde
el templo de la sabiduría existe, en el cual hay una inscripción que dice
‘Este templo es sagrado, por la contemplación de las divinas manifestaciones
de Dios en la naturaleza’. Sin verdad no existe sabiduría, ni verdad sin
bondad. La bondad se encuentra raras veces en el mundo, y por lo tanto, así
las verdades como la llamada sabiduría del mundo no son con frecuencia más
que locuras.
"Estamos nosotros libres de preocupaciones, y con los brazos abiertos
recibimos a cada uno de los que a nosotros vienen y que llevan en sí mismas
el sello de la divinidad. A nadie preguntamos si es cristiano, pagano o
judío; todo cuanto exigimos de un hombre es que se mantenga fiel a su
humanidad. El amor es el lazo de unión entre nosotros, y nuestro trabajo es
en pro del bien de la humanidad. Por nuestras obras nos conocemos unos a
otros, y aquel que goza de la más elevada sabiduría es el que obtiene el
grado más elevado. Ningún hombre puede recibir más de lo que merece. El amor
divino y la ciencia, a cada uno se dan en proporción a su capacidad para
amar y saber. La fraternidad de los sabios es unión para la eternidad en lo
absoluto, y la luz del sol de la verdad eterna ilumina su templo. La luz del
sol calienta el cristal en el cual penetra; si se le separa de la luz, se
enfría. Del mismo modo, la mente del hombre penetrada por el amor divino
obtiene sabiduría; pero si se aparta de la verdad, la sabiduría se
desvanece. Las sociedades secretas y sectarias han perdido la verdad, y la
sabiduría ha desaparecido de entre las mismas. No aman ellas al hombre más
que en proporción a como pertenece a su partido y sirve para sus intereses
sectarios; ellas emplean símbolos y formas cuya significación no comprenden.
De hijos de la luz se han convertido en hijos de las tinieblas, el templo de
Salomón que sus antepasados estaban construyendo, está ahora destruido y no
existe en él piedra sobre piedra; la mayor confusión reina ahora en sus
doctrinas. Las columnas del templo han caído, y el lugar que ocupaba el
santuario lo ocupan serpientes venenosas. Si deseas saber si lo que yo digo
es o no la verdad, empuña la antorcha de la razón y entra en las tinieblas;
contempla las acciones de las sociedades sectarias cometidas durante el
pasado y el presente, y sólo verás egoísmo, superstición, crueldad y
asesinato.
"El número de seres humanos que viven sumidos en las tinieblas es de
millones, pero el número de los sabios es muy corto. Viven ellos en
diferentes partes del mundo, a gran distancia unos de otros, y sin embargo
se hallan inseparablemente unidos en el espíritu. Hablan ellos diferentes
lenguas, y sin embargo, cada uno de ellos entiende a los otros, porque la
lengua del sabio es espiritual. Son ellos quienes se oponen a las tinieblas,
y ninguno que esté mal dispuesto puede aproximarse a su luz, pues sus
tinieblas mismas lo destruirán. Para los hombres son ellos desconocidos, y
sin embargo, día llegará en que la obra que ha necesitado algunos siglos
para ser llevada a cabo por los malvados, será en un momento destruida por
ellos como por un impulso del dedo de Dios.
"No busques la luz en las tinieblas, ni en los corazones de los malvados la
sabiduría; si te acercas a la verdadera luz la conocerás, porque iluminará
tu alma."
Estas notas son algunos extractos del manuscrito. Contenía muchas noticias
acerca de los Hermanos de la Cruz y de la Rosa de Oro. No me está permitido
decir todo cuanto aprendí en el mismo; pero en resumen, del manuscrito se
desprende que los verdaderos rosacruces son una sociedad espiritual por
completo, y que nada tienen que ver absolutamente con cualquiera de las
sociedades secretas conocidas en el mundo. La verdad es que no se les puede
considerar como una sociedad en el sentido aceptado de la palabra, puesto
que no constituyen una corporación organizada, ni tienen leyes, ni reglas,
ni ceremonias, ni cargos, ni reuniones, ni ninguna de las muchas formas que
configuran la vida de las sociedades secretas. Es un cierto grado de
sabiduría, cuya obtención es lo que hace de un hombre un rosacruz, y el que
llega a aquella sabiduría, es un iniciado ya. Él es entonces un rosacruz,
porque comprende prácticamente el misterio de la rosa y de la cruz. Este
misterio se refiere a la ley de la evolución de la Vida, y su conocimiento
práctico no puede ser comprendido sólo por medios teóricos, especulativos o
intelectuales. Inútil es el meditar acerca de cuestiones místicas que se
hallan más allá de nuestro horizonte mental; inútil es el intentar penetrar
en los misterios espirituales antes de que nos hayamos espiritualizado. El
conocimiento práctico, supone práctica, y sólo puede ser adquirido por medio
de la práctica. Para obtener poder espiritual es necesario practicar las
virtudes espirituales de Fe, Esperanza y Caridad; la única manera de llegar
a ser sabio es cumplir durante la vida con los deberes de uno mismo. El amar
a Dios en toda la humanidad, cumpliendo con el deber, constituye la
sabiduría humana suprema, y de ésta únicamente puede brotar la Sabiduría
Divina. A medida que en los hombres el amor y la inteligencia aumentan, la
fuerza del poder espiritual que a sus corazones eleva en energía aumenta
también, y sus horizontes mentales se ensanchan. Lenta y casi
imperceptiblemente ábrense los sentidos internos, y los hombres van
adquiriendo mayor capacidad receptiva, y cada paso hacia lo alto concede a
la visión más ancho campo.
Dignas de lástima son aquellas sectas y sociedades que intentan obtener el
conocimiento de las verdades espirituales por medio de la especulación
filosófica sin la práctica de la verdad. Inútiles son las ceremonias si sólo
se celebran exteriormente, sin comprender su significado oculto. Una
ceremonia externa no tiene significación alguna, a menos que sea la
expresión de un proceso interno que está teniendo lugar en el alma; de no
ser así, la ceremonia es tan sólo una ilusión y una vergüenza. Si el
procedimiento interno se verifica, el significado del símbolo externo será
comprendido fácilmente. El hecho de que la significación de los símbolos no
sea comprendida, y que se haya convertido en origen de disputas y diferencia
de opiniones entre las distintas sectas demuestra la pérdida del poder
interno y que todas aquellas sectas únicamente poseen la forma muerta
exterior.
La base en que la religión de sectas y sociedades secretas se funda es el
amor y la admiración egoísta del yo. Si bien algunas personas generosas y
antiegoístas pueden encontrarse entre las sectas y las sociedades secretas,
sin embargo, el verdadero sectario sólo espera obtener beneficios para sí
mismo. Para sí mismo y por su propia salvación es sólo por lo que ruega y
reza, y si lleva a cabo alguna buena acción es con el objeto de obtener
algún premio.
Por lo tanto, vemos al cristianismo dividido en algunos centenares de
sociedades, sectas y religiones diferentes, muchas de las cuales se odian y
procuran perjudicarse unas a otras, mirándose mutuamente con desprecio. Y
vemos al clero de todos los países tratando de obtener poder político y de
promover sus intereses egoístas o el interés egoísta de su Iglesia. Han
perdido de vista al Dios Universal de la Humanidad, y han colocado al dios
del yo en su lugar. Pretenden ellos estar en posesión de poderes divinos que
no tienen, y sea cual fuere el poder que poseen, lo emplean para obtener
beneficios materiales para su Iglesia.
Así vemos que el divino principio de verdad es prostituido todos los días y
a todas horas en las iglesias, que son tan sólo mercados para los que las
ocupan. El templo del alma hállase todavía ocupado por mercaderes, y de él
permanece todavía excluido el espíritu de Cristo.
Cristo, la Luz Universal del Logos Manifestado, la Vida y la Verdad, está en
todas partes y no puede ser encerrado ni en una Iglesia ni en una Sociedad
Secreta. Su Iglesia es el Universo, y sus altares el corazón de cada ser
humano en el cual su luz es admitida. El seguidor verdadero de Cristo no
conoce yo alguno, y no sabe lo que es un deseo egoísta. No se preocupa por
el bienestar de más iglesias que por el de aquella que es lo suficientemente
ancha para contener a la humanidad entera, sin tener en cuenta ni
diferencias ni opiniones. Se preocupa muy poco de su salvación personal, y
mucho menos espera obtenerla a costa de otra persona. Sintiéndose él mismo
sumido en el amor inmortal, sabe que él es ya inmortal en aquel principio;
sabiendo que su ego individual tiene sus raíces en la conciencia eterna de
Dios, bien poco se preocupa de aquel yo personal que no es más que una
ilusión hija del contacto del espíritu eterno con la materia. El verdadero
seguidor de la Luz no posee más voluntad, pensamiento o deseo que aquello
que el Espíritu Universal quiere, piensa o desea por medio de él. Poner el
yo de uno en situación receptiva para la luz divina, ejecutar lo que su
voluntad indica, y convertirse así en un instrumento por medio del cual
pueda Dios manifestar su divino poder sobre la tierra es el único medio de
obtener la ciencia espiritual y de convertirse en un Hermano de la Cruz y de
la Rosa de Oro.
Los
Hermanos

CARTA
VII
Lo
que sigue a continuación son extractos de una carta (oculta) escrita a K. von Eckhartshaussen. La carta es de 1801, y carece de firma.
Para satisfacer tu deseo de obtener noticias acerca del Circulo Interno de
los Hermanos, te comunicamos lo siguiente: no preguntes quiénes son las
personas que han escrito estas cartas; luzca el valor de los escritos por
sus propios méritos. Considera el espíritu con el que están escritas y no
meramente las palabras en ellas contenidas. No nos mueve motivo egoísta
alguno; es la luz que dentro de nosotros existe lo que nos instiga a obrar.
Es esta luz interna la que nos impulsa a escribirte, y nuestras credenciales
son las verdades que poseemos, que serán fácilmente reconocidas por todos
aquellos para quienes la verdad es todo. Te las comunicaremos en la medida
en que seas capaz de recibirlas, y estás en libertad de aceptar o de no
aceptar lo que te digamos; porque la Sabiduría Divina no clama por admisión,
es una luz que brilla con tranquilidad eterna, y que espera pacientemente el
día en que es reconocida y se la admite.
Nuestra comunidad ha existido desde el día primero de la creación [1] y
continuará existiendo hasta el último; es la Sociedad de los Hijos de la Luz
y sus miembros son aquellos que conocen la luz que brilla en el interior y
el exterior de las tinieblas; nosotros conocemos la naturaleza del destino
del hombre; nosotros tenemos una escuela en la cual la misma sabiduría
Divina es el Maestro, y ella enseña a todos aquellos que desean la verdad,
por la verdad misma y no meramente en razón de cualquier beneficio mundano
que pueda resultar de su posesión. Los misterios explicados en aquella
escuela, se refieren a cada una de las cosas que es posible conocer con
respecto a Dios, a la Naturaleza y al Hombre; todos los antiguos sabios han
aprendido en nuestra escuela, y ninguno ha aprendido jamas la sabiduría en
otro lugar. Entre sus miembros, los hay que son habitantes también de otros
mundos distintos de éste. Ellos están esparcidos por el universo entero pero
un Espíritu Unico es quien los une, y las diferencias de opiniones entre
ellos no existen. Todos estudian un solo libro, y el método de estudio es
para todos el mismo.
Nuestra sociedad se halla compuesta de Elegidos, o sea de aquellos que
buscan la luz y que son capaces de recibirla, y aquel que posee la mayor
receptividad para aquella luz, es nuestro Jefe. Nuestro punto de reunión es
conocido intuitivamente por cada miembro, y fácilmente alcanzado por todos,
importando bien poco el lugar en donde residan. Está muy cerca, y sin
embargo se halla oculto a los ojos del mundo, y nadie puede encontrarlo como
no sea un iniciado. Aquellos que están maduros, pueden entrar; aquellos que
no lo están, tienen que esperar.
Nuestra orden tiene tres grados. Al primero se llega por el poder de la
inspiración divina, al segundo por medio de la iluminación interior y al
tercero y más elevado, gracias a la contemplación y la adoración. En nuestra
Sociedad no existen ni disputas ni controversias, ni especulaciones, ni
sofismas, ni dudas, ni escepticismos, y aquel a quien se le presenta la
mejor oportunidad para hacer el bien, es el más feliz entre nosotros.
Estamos en posesión de los misterios más grandes, y sin embargo, no somos
ninguna Sociedad secreta, porque nuestros secretos son un libro abierto para
cada uno que se encuentre en disposición de leer en él. El secreto no es
debido a tener nosotros poco deseo de enseñar; débese a la debilidad de
aquellos que piden que se les enseñe. Nuestros secretos ni pueden ser
comprados por dinero alguno ni pueden ser públicamente demostrados; son
comprensibles únicamente por aquellos cuyos corazones son capaces de recibir
sabiduría y amor fraternal y en quienes estos poderes han comenzado a
despertar. Aquel en quien el fuego sagrado ha comenzado, es feliz y está
contento. Él percibe la causa de las miserias humanas y la necesidad
inevitable del mal y de los sufrimientos; su visión clara le permite ver el
fundamento de todos los sistemas religiosos y reconoce a estos últimos como
modificaciones de verdades relativas, que no han entrado todavía en
equilibrio gracias a no haber obtenido aún los conocimientos necesarios para
ello.
La humanidad vive en un mundo de símbolos, cuya significación no es
comprendida todavía por muchos; pero se acerca el día en que el espíritu
viviente que encierran estos símbolos, será conocido en general y revelados
los sagrados misterios. Perfecto conocimiento de Dios, perfecto conocimiento
de la naturaleza y perfecto conocimiento del hombre, son las tres luces que
sobre el altar de la verdad iluminan el santuario del templo de la sabiduría
.
Existe sólo una religión fundamental y una fraternidad universal tan sólo.
Formas externas, sistemas y asociaciones religiosas, todo son cáscaras bajo
las cuales una porción de la verdad permanece oculta, y estas cosas externas
son únicamente verdaderas en la medida en que representan las verdades que
en su interior encierran. Son necesarias para todos aquellos que no han
obtenido todavía el poder de reconocer la verdad invisible e informe, a
menos que un símbolo la represente, y el hacerles comprender poco a poco que
la verdad, aunque para ellos invisible, existe, es dar lugar a que en ellos
nazca esta creencia que servirá a manera de base desde la cual su fe, o sea
su conocimiento espiritual, podrá comenzar a desenvolverse; pero si las
formas externas de un sentimiento religioso representan verdades internas
que no existen en aquel sistema, entonces no representan más que mojigangas
desvergonzadas. Existen tantos errores como formas y teorías existen, porque
las teorías pueden ser sólo relativamente ciertas, y siendo infinita la
verdad absoluta, no puede ser circunscrita a una forma limitada. Los hombres
han tomado equivocadamente la forma por el espíritu, el símbolo por la
verdad, y de esta equivocación han brotado errores infinitos. Estos errores
no pueden ser corregidos por medio de denuncias, ni con ardientes
controversias, ni asumiendo una actitud hostil contra aquellos que viven en
el error; las tinieblas no pueden ser desvanecidas combatiéndolas con armas;
es la luz quien acaba con ellas, y allí donde entra el saber, cesa la
ignorancia.
En este siglo presente, que acaba de comenzar, aparecerá la luz.. Cosas
ocultas durante siglos serán conocidas, muchos velos serán descorridos, y
será revelada la verdad que existe en la forma y más allá de ella; la
humanidad como un todo se acercará más a Dios. No podemos decirte ahora por
qué tendrá lugar esto en este siglo; nos limitaremos únicamente a decir que
para cada una de las cosas existe su tiempo y su lugar correspondiente, y
que todas las cosas en el Universo se hallan reguladas por una ley divina de
orden y de armonía. Primero vino el símbolo que contenía la verdad, vino
después la explicación del símbolo, y después de esto, la verdad misma será
recibida y conocida; no de otra manera a un árbol se le ve y se le percibe
después que de la semilla ha brotado, siendo la semilla el símbolo en el
cual su entero carácter permanecía sintetizado. Nuestro deber es prestar
ayuda al nacimiento de la verdad, y abrir las cáscaras en las cuales la
verdad se halla contenida, reavivando en todas partes los jeroglíficos
muertos. Hacemos nosotros esto, no por nuestro propio poder, sino gracias al
poder de la Luz, que obra en nosotros a manera de instrumento.
Nosotros no pertenecemos a secta alguna, no tenemos otra ambición que
satisfacer, no deseamos ser conocidos, ni somos de aquellos a quienes
disgusta el presente estado de cosas en el mundo y que desean gobernar para
imponer sobre la humanidad sus opiniones. No existe persona ni partido
alguno que influya sobre nosotros, ni esperamos premio personal por nuestros
trabajos. Poseemos una Luz, que nos permite conocer los misterios más
profundos de la Naturaleza, y un Fuego poseemos que es el que nos alimenta,
y por medio del cual podemos obrar sobre todas cuantas cosas en la
naturaleza existen. Poseemos las claves para todos los secretos, y el
conocimiento del lazo que une nuestro planeta con los otros mundos. Nuestra
ciencia es una Ciencia Universal, porque abraza el universo entero, y su
historia comienza con el día primero de la creación. Estamos en posesión de
todos los antiguos libros de sabiduría. Todo en la naturaleza se halla
sujeto a nuestra voluntad, porque nuestra voluntad es una con la del
Espíritu Universal, que es la potencia motriz del universo entero, y el
origen eterno de toda vida. No necesitamos de informe alguno, ya sea de
hombres, ya sea de libros, porque tenemos el poder de percibir todo cuanto
existe, y el de leer en el libro de la naturaleza, libro en el cual no
existen errores. En nuestra escuela se enseña todo, porque la Luz que ha
producido todas las cosas es nuestro Maestro.
Podemos hablarte de lo más maravilloso que conocemos nosotros, lo cual está
tan por completo fuera del alcance aun del filósofo más erudito de nuestros
tiempos como lo está el Sol de la Tierra; pero que está tan cercano a
nosotros como lo está la luz del espíritu del cual emana; pero no es nuestra
intención el excitar tu curiosidad. Deseamos crear dentro de ti la sed de
sabiduría y el hambre de amor fraternal, a fin de que puedas abrir tus ojos
a la luz, y contemplar por ti mismo la verdad divina. No nos corresponde a
nosotros el acercarnos a ti y abrir tu entendimiento; es el poder de la
verdad misma el que entra en el corazón; es el desposado divino del alma
quien llama a la puerta, y muchos son los que no lo quieren admitir porque
se encuentran sumidos en las ilusiones de la existencia externa.
¿Deseas llegar a ser un miembro de nuestra Sociedad? Si es así, penetra en
tu corazón. ¿Deseas conocer a los Hermanos? Si es así, aprende a conocer a
la divinidad manifestándose por si misma dentro de tu propia alma. Busca
dentro de ti aquello que es perfecto, inmortal y no está sujeto a cambio
alguno, y cuando lo hayas encontrado, habrás entrado en nuestra Sociedad y
nos conocerás a nosotros. En nuestro círculo no pueden admitirse
imperfecciones de ningún género, y antes de que puedas entrar en él tienes
que arrojar de ti todas las imperfecciones de tu naturaleza. Los elementos
corruptibles de tu interior deben ser consumidos por el fuego del Amor
Divino. Debes ser bautizado con el agua de la verdad, y estar revestido de
una sustancia incorruptible que es producida por pensamientos puros. El
interno sensorium debe ser abierto a la percepción de las verdades
espirituales, e iluminada la mente por la sabiduría divina. Entonces se
desarrollarán dentro de tu propia alma grandes poderes, ahora para ti
desconocidos, y podrás entonces vencer el mal. Tu entero ser será restaurado
y transformado en un ser de luz, y tu cuerpo servirá de mansión para el
espíritu divino.
Preguntas tú, ¿cuáles son nuestras doctrinas? No tenemos ninguna para
proclamar, porque cualquiera que sea la que presentemos, no puede ser para
ti más que una opinión dudosa, durante tanto tiempo como carezcas del
conocimiento de ti mismo. Este conocimiento tiene que ser obtenido por medio
de la instrucción externa y debe ir desarrollándose dentro de ti mismo.
Interroga al espíritu divino en tu interior, abre tus sentidos internos a la
comprensión de lo que dice, y contestará a tus preguntas. Todo cuanto
podemos hacer es darte algunas teorías para que las consideres y examines.
No para que las creas meramente porque proceden de nosotros, sin examinarlas
antes y quedar de ellas satisfecho, sino para que puedan servirte a manera
de jalones y señales durante tus excursiones por el laberinto del examen
propio.
Una de las proposiciones que deseamos someter a tu consideración es que la
humanidad, como un todo, no será feliz de un modo permanente hasta que haya
absorbido el espíritu de la sabiduría divina y del amor fraternal. Cuando
esto tenga lugar, las coronas de los que rigen el mundo serán razón pura y
no adulterada, sus cetros serán amor; serán ungidos con poder para libertar
a los pueblos de la superstición y de las tinieblas, y las condiciones
externas de la humanidad mejorarán después de que haya tenido lugar el
perfeccionamiento interno. La pobreza, el crimen y la enfermedad
desaparecerán entonces.
Otra proposición es que una de las causas por las que no son los hombres más
espirituales e inteligentes, se debe a la grosería y densidad de las
partículas materiales que componen sus cuerpos, que impiden la libre acción
del elemento espiritual en ellos contenido, y que cuanto más groseramente
vivan, y cuanto más se dejen dominar por los placeres sensuales, animales y
semi-animales, tanto menos serán capaces de lanzarse en pensamiento a las
regiones superiores del mundo ideal y de percibir las eternas realidades del
espíritu. Mira las formas humanas que por las calles encuentras; repletas de
carne llena de impurezas animales y con el sello de la intemperancia y de la
sensualidad impresos en sus rostros, y pregúntate a ti mismo, si están o no
adaptadas para las manifestaciones internas de la sabiduría divina.
También decimos nosotros que espíritu es sustancia, realidad. Sus atributos
son: indestructibilidad, impenetrabilidad y duración. Materia es una
agregación, que produce la ilusión de la forma; es divisible, penetrable,
corruptible, y está sujeta a cambios continuos. El reino espiritual es un
mundo indestructible actualmente existente, cuyo centro es el Cristo (el
Logos) y sus habitantes son poderes conscientes e inteligentes; el mundo
físico es un mundo de ilusiones, que no contiene verdad absoluta alguna.
Cada una de las cosas existentes dentro del mundo externo son sólo relativas
y fenoménicas; es este mundo, por decirlo así, la pintura sombría del mundo
interno y real, producida por la luz del espíritu viviente que obra en el
interior y en el exterior de la materia animada.
La inteligencia inferior del hombre toma sus ideas prestadas del reino
siempre inestable de lo sensual, y hállase, por lo tanto, sujeta a un cambio
continuo; la inteligencia espiritual del hombre, o sea su intuición, es un
atributo del espíritu, y por lo tanto inmutable y divina. Cuanto más
etéreas, refinadas y movibles sean las partículas que el organismo físico
del hombre constituyen, con tanta mayor facilidad penetrará en ellas la luz
divina de la inteligencia y la sabiduría espiritual.
Un sistema racional de educación tiene que fundarse en un conocimiento de la
constitución física, psíquica y espiritual del hombre, y será únicamente
posible el día en que sea conocida por completo la entera constitución del
hombre, y no meramente el aspecto material de la misma, sino además su
aspecto espiritual. El aspecto externo de la constitución humana puede ser
estudiado valiéndose de métodos externos, pero el conocimiento de su
organismo invisible puede sólo ser obtenido por medio de la introspección y
del estudio de sí mismo. El más importante consejo que tenemos para darte
es, por lo tanto;
APRENDE A CONOCER TU PROPIO YO
Las proposiciones anteriores son suficientes para que las medites y examines
a la luz del espíritu, hasta que recibas más enseñanzas.
NOTAS:
1. Se dice que aquellos Hijos de Manu, Nacidos de la Mente que no
procrearon, y cuya misión fue instruir a la humanidad, formaron la primera
Sociedad Oculta, y que todos los Adeptos, desde entonces, trazan su
descendencia a uno y a otro de los Hijos de la Mente del Primer Señor.
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